Carmen es de esas personas que te recuerdan a tu abuela o a tu madre. Personas que dan ganas de abrazarlas y estrujarlas porque, aunque las acabas de conocer, transmiten una dulzura y un amor que te hacen quererlas de manera automática.

En su pequeño taller y con utensilios básicos sabe sacarle provecho a diferentes ingredientes, reutilizando aceite y combinándolo con hierbas medicinales. Carmen es una maestra de la cosmética natural, principalmente jabones.

Carmen, -Carmencha, como la llaman en su tierra- es menuda, pelo corto y moreno y una piel que no aparenta los 65 años que dice que tiene. Es muy expresiva cuando habla. Cuenta que su secreto es que se lava con los jabones que hace caseros en casa, pero la realidad es que es una mujer que no para. Esa vitalidad la transmite y hace que parezca más joven de lo que es.

Lleva 6 años en España. Vino porque una de sus hijas acababa de dar a luz en España, y ella, ni corta ni perezosa se vino dispuesta a cuidar a la madre primeriza y al bebé. “Aprendí a hacer jabones en Guatemala. Allí mi abuela iba guardando toda la grasa de los animales, y cuando había bastante, le decía a mi abuelo que matara a un cerdo, y con la ceniza, en una olla grande juntaba todas las grasas y empezábamos a darle vueltas. Nos poníamos todos en fila, del más chiquito al más grande, y a remover (…)

Pero no sólo jabones. Ya de bien joven empezó con la repostería, y con ello se fue ganando la vida. Se casó muy jovencita con un hombre que según ella era “muy guapo, pero luego descubrí que era un hombre sin inquietudes, que aparte de no hacer nada, no me dejaba salir de casa y me maltrataba.

Hacer pasteles fue la vía de escape para Carmen. Amparada en la repostería disfrutaba en esos momentos de una libertad que en casa no tenía. Y con ello pudo sacar adelante a su familia.

Mi abuela era dulcera, ella hacía dulces en las fiestas y aunque yo era rechiquita, recuerdo a mis dos tías ayudándola”, rememora. Sus 4 hijos –y ahora sus nietos- son el verdadero amor de su vida, y por eso, cuando éstos se fueron a la capital a estudiar y trabajar, ella se fue también, consiguiendo alejarse así de la tiranía de su marido.

Allí se dedicó a hacer pasteles, que luego le compraban en los colegios religiosos de la ciudad. Se levantaba a las 3 de la mañana y se ponía a cocinar, luego a repartirlos por la ciudad, y de vuelta a la cocina.

Cientos y cientos de pasteles salían a diario de sus manos, y entre los colegios se corría la voz y cada vez le pedían más.

Tanto es así, que un día de tanto agotamiento le dio un ictus, un “derrame”, como dice ella. “Ay hija, yo no quería molestar, por eso no dije nada. Menos mal que mi nuera es médico y me buscó un buen doctor, el mejor neurólogo de todo el país.”

Silenciosa y discreta, por no querer molestar a sus hijos, no se quejaba ni decía nada, pero estuvo a punto de no contarlo. Cuando el médico le dijo que lo que necesitaba era reposo y descansar fue cuando realmente tuvo que replantearse tomárselo con más calma. “Si es que a mí me gustaba, era mucho trabajo, pero yo disfrutaba”, dice justificándose.

Las manualidades es su otra gran pasión. Cuando no estaba cocinando siempre andaba con algo entre manos.

Así aprendió a perfeccionar la técnica y a hacer jabones de todo tipo, con diferentes grasas, plantas y para un montón de usos. “Pero a utilizar el aceite usado aprendí aquí en España. ¡Ay si lo hubiese sabido cuando hacía mis pasteles, con la cantidad de aceite que usaba para freírlos!”, se lamenta entre risas.

Verla haciendo jabones es un placer. Es como un viejo druida que va explicando las propiedades de cada planta, de cada sustancia. Añade la sosa y remueve con la pericia del que lleva toda una vida haciéndolo. “Hombre, si tienes un termómetro mejor, pero en mi casa mi madre y yo hacíamos jabón con lo que teníamos, y la temperatura que necesitas para que cuaje es de unos 50 grados. Que esté caliente, pero que no queme”, dice mientras comprueba la temperatura de la jarra con el dorso de la mano.

Ahora se le ve moverse con soltura por el barrio, saludando a la gente y andando rápido, con su paso menudo.

Cuenta que cuando llegó tenía miedo a los españoles. “Me habían contado que eran unos intolerantes, y yo no era mujer de mundo. ¿Qué iba a saber?. ¡Si no había hecho otra cosa que cuidar a mis hijos y hacer pasteles!”. Lo cierto es que poco a poco, con su curiosidad y su simpatía se ha ido ganando a la gente. Algunos más reacios y otros menos. Lo que sí es verdad es que vienen de muchas partes de la ciudad a sus talleres, no se sabe si por aprender a hacer jabón o a escuchar sus historias.

“Mis nietos, los mayores estaban encantados conmigo, me decían: abuela, cuéntanos un cuento de cuando eras chiquita. ¡Y así se entretenían cuando yo los cuidaba!” 

Cuando Carmen recuerda Guatemala lo hace con cariño. Con melancolía por volver a la tierra. Y mientras, compartiendo trucos, recetas, consejos. Toda la audiencia la mira en silencio, expectante, tomando nota de cada paso de la receta del día.