El penúltimo tren de Chamartín: dirección Coimbra

Quien me conoce bien, sabe que siempre me han gustado los trenes. Desde muy pequeña el pitido del tren llegando a la estación lo asocio con llegar a casa. Es más, todos los viajes siempre comenzaban subiéndome al cercanías, ese tren lento y escacharrado que une Lorca con Murcia, y de ahí a cualquier parte del mundo. Esta vez, la visita era a Coimbra, esa ciudad lusa de ambiente universitario a la que se puede llegar desde Madrid en el tren-hotel nocturno que une la capital española con la portuguesa.

Ya había tomado este tren una de las primeras veces que estuve en Lisboa, pero siempre hay algo de especial cuando se viaja en un tren nocturno, tanto si se tiene cama como si se viaja en un asiento normal, como era mi caso y el de muchos más pasajeros que estábamos esa noche allí esperando que saliera el penúltimo tren de la estación de Chamartín.

El tren sale puntual a su hora diaria. Sin hacer mucho ruido, casi como si no quisiera despedirse de nadie comienza a deslizarse por las vías, encarando su camino. Encontrar una postura cómoda en los ortopédicos asientos, cenar algo, cerrar los ojos e intentar dormir con el suave traqueteo. Ya de madrugada, al cruzar la frontera, un revisor portugués entra en al vagón pidiendo los billetes y despertándonos en ese idioma tan cercano y diferente a la vez. A Coimbra el tren llega sobre las 5 am, y luego continúa hasta Lisboa donde llega con las primeras luces del amanecer, entrando por la estación de Santa Apolonia.

La noche en Coimbra es fría y no se intuye nada afuera, me rodea la oscuridad. Hay que esperar unas horas en la estación de Coimbra B -cómoda pero en una zona alejada- hasta que el primer tren sale en dirección al centro de la ciudad. El edificio de la estación central es húmedo y frío, además el río Mondego pasa muy cerca y su presencia se siente, dejándome la sensanción de ir mojada si me quedo quieta un rato. Antes de que amanezca, la cafetería de la estación ya lleva un buen rato sirviendo cafés y hay movimiento de trenes y de gente que va a trabajar.

La rutina comienza antes de que despunte el alba, y cuando el sol comienza a iluminar, descubre una ciudad pequeña y coqueta, con edificios antiguos y señoriales y calle peatonales con tiendas aún dormidas. Coimbra es cercana como esa vecina que conoces de toda la vida. A ratos me recuerda a Granada por las calles empinadas y el ambiente universitario, pero a ratos percibo la nostalgia portuguesa y se me hace difícil describir esta ciudad.

Coimbra es la universidad, y prácticamente todo gira en torno a ella, a los estudiantes y al turismo que viene a ver los edificios universitarios, la maravillosa biblioteca Joanina y todos los rincones que tiene esta ciudad de provincias que llegó a ser capital de Portugal y centro cultural de Europa. Casi 144.000 habitantes según el último ceso, y con más de 15 siglos de historia hacen que sea una parada obligada. Perfecta para viajar sin prisas, porque por sus callejuelas empedradas y mal iluminadas a veces dan la sensación de que el tiempo se ha quedado detenido tras el último farol de tenue luz amarillenta.

Chupitos de ginginha en las tascas, visitas al mercado municipal y oleadas de turistas españoles los fines de semana. Queda poco para la Navidad, y hay grupos de niños pidiendo el aguinaldo en las calles y señores y señoras que cantan y bailan villancicos, ataviados con trajes típicos y sombreros de ala ancha, picos tejidos en lana y largas faldas y capas de abrigo.

Linda noite, linda noite, linda noite de Natal…

El Jardín Botánico aún sufre las heridas de una fuerte tormenta que afectó al oeste de la Península Ibérica en 2018 y tiene varias zonas cerradas. Aun así, merece la pena recorrerlo, con su pequeño bosque de altísimas plantas de bambú y todos los árboles centenarios, traídos muchos de las colonias lejanas. También el Jardim Da Sereia, cerca de la universidad, donde una asociación que trabaja la inserción laboral de jóvenes con discapacidad intelectual tiene una “Casa de Chá”, donde tomar un té, merendar o trabajar un rato con el ordenador. La chica que me atiende me sonríe, tímida al principio pero luego muy simpática. Se llama Rita Pires da Silva, y es junto a Ricardo y Mónica, una de los 3 jóvenes con discapacidad que trabajan allí.

Coimbra son estudiantes con sus capas negras subiendo por empinadas escaleras empedradas, las “Repúblicas” con nombres tan curiosos como Dos Fantamas o lejanos y evocadores como Olinda. O iniciativas culturales como Casa das Artes Bissaya Barreto, con su edificio de varios pisos donde siempre hay actividades organizadas. También la Sé Velha, con su claustro silencioso y vacío, o las ruinas del convento de Santa Clara.

Paseando por el Parque do Choupalinho, justo en la otra ribera del río coincido con un grupo de chavales llevando bolsas de basura. Meticulosamente, van peinando cada zona del jardín recogiendo todas las colillas, trozos de plástico o cualquier cosa que se considere basura. “Somos de una escuela”, me dice una de las chicas, que lleva unos guantes de plástico verde que le llegan casi al codo. 

Hace unos años en la garganta del Tudra, en Marruecos, también conocí a una asociación de jóvenes que estaban  recogiendo la basura que otros habían tirado en ese espacio natural. Discretamente y sin focos ni cámaras encima de ellos, estas son acciones al alcance de cualquiera para apostar por la sostenibilidad y luchar contra la crisis del clima.

Coimbra también es la vida que hay en la Baixa, donde aún se notan los efectos de la crisis. Entre las tiendas de tejidos, sábanas, mantelería y toallas tradicionales hay otras muchas que venden los mismos productos, todos importados de China. Algún bar o espacio más moderno con tienda y restaurante intenta despuntar en un barrio donde hay sobre todo bares de menú del día a precios muy asumibles.

Siempre hay sopa del día de primero.

La cotidianeidad en una pequeña ciudad portuguesa.