Colombia, un país de extremos. Un país donde puedes encontrar desde la más tórrida y húmeda jungla tropical a un desierto inhóspito de arena anaranjada, o también cumbres de pinos cubiertas por la niebla y el frío.

Colombia, un país donde en pocas horas puedes pasar de las playas del Caribe, con su arena blanca y sus vestigios coloniales, a la densa vegetación del Amazonas, impenetrable y dura, de un verde cegador y donde conviven miles de seres vivos en el pulmón de nuestro planeta. Uno de los ecosistemas más cautivadores de la tierra.

Para llegar a Colombia desde España, lo mejor es volar a Bogotá o Cartagena con Iberia o con Aviancala compañía aérea colombiana y desde allí tomar otro vuelo a donde se quiera llegar. Yo hice Madrid-Bogotá-Barranquilla. Unas 12 horas de viaje más 7 menos de cambio horario.

No deja de ser curioso que, observando un mapa de carreteras de Colombia, aproximadamente las 2/3 partes de su territorio sean territorio ignoto. Despoblado de vías de comunicación y escasamente poblado. Verde y surcado por caudalosos ríos como nervios que alimentan todos los rincones.

Verde, todo verde. Este color estará presente en todo el camino. En las plantas, en los árboles, en el tono de las aguas o en los coloridos trajes de Carnaval. Es el superlativo al cual García Lorca cantaba “verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas…“. Para mí es el color del trópico por excelencia. Presente desde que en el avión se intuyeran los contornos del nuevo continente.

Colombia está dividida en departamentos (regiones). En el norte, en el departamento  del Atlántico está la desembocadura del río Magdalena, el más grande del país y el tercero de toda Sudamérica. Es un río caudaloso, ancho y fuerte. Hace unos cien años construyeron un dique artificial en el delta que se formaba en su desembocadura. Es la zona conocida como “Bocas de ceniza“.

Tiene el encanto de poder ver a la derecha el río Magdalena con toda la fuerza que tiene cuando llega al mar, color chocolate por las corrientes y la velocidad que lleva. Contrasta con la imagen que podemos ver a la izquierda. El Mar Caribe, en apariencia tranquilo y azul, juntándose en el extremo final de este apéndice de tierra.

Hoy día se puede llegar en vagoneta desde la ciudad de Barranquilla. Desde el barrio de Las Flores por unas vías de tren hasta la mitad, más o menos, por un sinuoso camino donde te vas cruzando con la maleza, alguna que otra iguana despistada al sol y las mariposas que, por la velocidad del vagón, se cuelan entre los viajeros, revoloteando alegremente. La vagoneta se detiene en cierto punto donde las vías derruídas no permiten continuar. Debemos proseguir andando hasta el final durante unos 30 minutos.

Está lleno de pescadores que viven allí o que vienen a pasar el día. Si es fin de semana, de turistas, casi siempre colombianos. El poder ver, sobre las rocas el momento en que se juntan estas dos fuerzas de la naturaleza, en una cópula continua y furiosa, es merecedora del esfuerzo de caminar sobre las rocas puntiagudas, sorteando obstáculos e impedimentos.

Colombia tiene mil rincones donde perderse. Usando el sentido común, evitando “dar papaya” y haciendo lo que hacen los autóctonos. Aplicando ese dicho tan castizo de “donde fueres, haz lo que vieres”, no hay ningún problema para viajar solo o sola, como es mi caso.

Lo llamativo del país, es la hospitalidad y alegría de sus gentes, en contraste con la imagen colombiana en el exterior. Mis evocaciones son alegres, con mil colores, momentos y anécdotas divertidas. Y sobre todo, con muchos y muy buenos recuerdos de las personas que me encontré.

Para unos ojos no acostumbrados al verde tropical, me encantó el camino que va desde Barranquilla, en el departamento del Atlántico, a Cartagena de Indias, en el Departamento de Bolívar. En autobús o coche no llega a las 2 horas y la carretera es nueva y segura, uno de los logros de Uribe.

Vas avanzando por una tupida e impenetrable maraña verde que crece a ambos lados del asfalto. Tan verde que casi hace daño a la vista, salpicada por ríos, charcas y manglares.

A lo largo del camino me voy cruzando con carros tirados por burros, con campesinos de la zona, con personas que caminan a lo largo del asfalto. Y la tupida selva, siempre presente hace que tengas la sensación de que mil ojos te observan siempre. De que nunca estás sola a lo largo de todo el camino.

Hay muchos pueblos bonitos por esa zona. Puerto Colombia con su gran embarcadero construido hace ya muchos años. Fue orgullo de la nación colombiana. Hoy día un paraje turístico frecuentado por pescadores. Tubará, con su Iglesia y museo etnológico, y con el mirador desde donde se pueden divisar kilómetros y kilómetros de selva verde. UsiacuríSanta Verónica y tantos pequeños lugares o playas donde detenerse. Donde un restaurante con forma de sombrero volteao hasta un volcán cuyos barros son beneficiosos para la piel te puede sorprender en cada curva.

Cartagena de Indias tiene bien merecido el sobrenombre que Felipe II le puso de “ciudad más bonita del imperio”. Pero sólo la parte antigua, dentro de las murallas. El resto de la ciudad no deja de asemejarse a  Panamá o São Paulo. Grandes rascacielos blancos cortando el horizonte junto a barrios humildes de tejados de uralita y cartón.

Es tan grande que merece la pena detenerse y pasar allí unos días. Para alojarte puedes quedarte en los eco habs al comienzo (más caros), o adentrarte hasta el final, pasando por Arrecife hasta San Juan del Cabo y quedarte allí en carpas (tiendas de campaña) o hamacas. Es bastante barato, por 15.000 pesos la noche si llevas tu propia carpa o 18.000 la hamaca (unos 6-7 euros). Compensa plenamente la caminata. Eso sí, recomiendo encarecidamente y por propia experiencia que si es temporada de lluvias se duerma en hamaca. Aconsejo también un buen repelente anti-zancudos, mosquitos y todo tipo de insectos. 

Si volvemos sobre nuestros pasos y nos dirigimos hacia el este, hacia Venezuela, nos encontraremos paisajes naturales espectaculares, donde verdaderamente se ve el poderío de la naturaleza y la hermosura del trópico. Uno de ellos es el Parque Natural del Tayrona, en el departamento del Magdalena, cerca de Santa Marta. Obviando que a los extranjeros se les cobra 5 veces más que a los colombianos por la entrada, compensa plenamente ir. 

Es un pulmón verde, un increíble sitio donde perderse. El parque natural estuvo hasta hace poco estuvo tomado por la guerrilla y los paramilitares. Ahora se considera seguro. 

Habitan allí varias tribus indígenas. Muchas veces conviven con los turistas que se acercan, o los mochileros que quieren conocer el lugar. También con la increible fauna y vegetación que lo habita. Cartagena de Indias tiene el encanto de ser una ciudad especial. Perfecta para enamorados, para melancólicos y para gente con un bolsillo acaudalado. La parte antigua ha sido reconstruida recientemente. Ahora sólo podemos encontrar casas de personajes importantes como por ejemplo las de Botero y García Marquez. También hoteles de revista, restaurantes y tiendas donde comprar esmeraldas, café y souvenirs. Alguna que otra boda y mucho turista despistado. Aún así, es una ciudad que enamora, que te traslada al pasado con solo cruzar su muralla.

Fuera del toque cinematográfico que le dan las murallas, es una ciudad que ha mejorado bastante en los últimos años. Cartagena de Indias ha ido creciendo y desarrollándose como punto neurálgico en la costa caribeña colombiana. Destacándose en importancia después de la ciudad de Barranquilla, más enfocada al comercio y a la industria que al turismo.