Tercer día de cuarentena y ya nos tiramos de los pelos. Estar  recluidos en 30 m² es lo que tiene, sobre todo cuando en la calle hace buen tiempo y aún se ve a gente paseando o en las terrazas sentados. Eso sí, parece que el mensaje de responsabilidad ha calado porque cada vez son menos quienes se saltan las recomendaciones oficiales. 

30m² que incluso para los que teletrabajamos delante del ordenador a diario, se nos hacen mucho más pequeños de lo que ya son. Podría empezar a hablar del problema de los minipisos en Madrid, pero eso es ya otra historia y hoy la atención se centra en este confinamiento voluntario que vivimos intentando frenar la expansión de un virus que nos presenta un futuro apocalíptico y cercano. Afuera se oyen con frecuencia las sirenas de alguna ambulancia –cosa normal porque vivo cerca de un hospital– pero los dos días pasados ha estado volando bajo un helicóptero dando vueltas por la zona, y esto ya rompe la rutina.

Tercer día y ya me subo por las paredes. Encerrada en casa los muros parece que se acercan cada vez más unos a otros, haciendo de este pequeño espacio un lugar más diminuto si cabe.

La ventaja de las paredes de gotelé es que, al igual que cuando era pequeña y me imaginaba figuras y animales según las formas que alcanzaban las gotas al lado del cabecero de mi cama, aquí tengo un sinfín de oportunidades de entretenerme, intentando recuperar la creatividad e imaginación de mis 7 años.

Es curioso en un blog de viajes encontrar un relato donde voy de la cama al salón, del salón al baño, del baño a la cocina y así en un bucle que se alarga en el tiempo hasta no se sabe cuándo. A veces, no puedo más y me escapo unos minutos. Salir lo justo a la calle, apenas para respirar, comprar algo que necesite y vuelta a casa. 

Un sofá, una estantería, infinidad de libros, 5 plantas, 2 cámaras de fotos, una mesa, 6 sillas, 2 paraguas, 2 cojines, 3 botes de cristal con flores. En este pequeño espacio convivimos todos en una fachada de armonía no es tal porque es muy fácil desmoronar la convivencia rápidamente. No tengo tele y he desconectado de twitter por unos días porque me produce una sensación de ansiedad y paranoia de la que necesito prescindir. Sin embargo, tengo varios libros a medias y dos más esperándome en la estantería. Me apetece dibujar, escribir, ponerme música y reorganizar estas semanas que cambian constantemente de planes. Darle rienda suelta a la creatividad. Editar fotos o ver esa película que tengo pendiente.

4 naranjas, 3 tazas limpias y una con restos en el fregadero. Una caja de galletas vacía donde guardo papeles y tickets varios, un bote con rotuladores y bolígrafos. Las postales que descansan en el estante de esta habitación que hace las veces de salón comedor oficina y lo que se tercie.

Tiempo de retiro e hibernación, como si de una clausura se tratase. Tiempo para ordenar las cosas adentro y afuera, para pararnos a reflexionar y a verlo todo desde otra perspectiva. A veces el viaje es hacia el interior, hacia uno mismo, replanteándonos las fronteras de nuestra zona de confort diaria. Tal vez las cuarentenas sirvan para eso.