La excepcionalidad de lo cotidiano

Amanece blanco, todo cubierto por una luz plomiza que le da un aspecto irreal a las calles. Por todos lados, mire donde mire, ese color lechoso cubre hasta donde la vista abarca. Filomena ha cumplido las expectativas y después de 3 días y unas 36 horas seguidas sin parar de nevar, la nieve cubre todo Madrid.

“Nevada histórica”, “Desde hace medio siglo no se veía algo así”, “Madrid colapsada”. Los titulares sobre el temporal copan las noticias y demuestran que podremos descubrir agua en Marte, realizar una operación quirúrgica de extrema precisión a distancia o comunicarnos por internet con cualquier parte del mundo, que llega un fenómeno meteorológico fuera de lo normal y en pleno siglo XXI, todo queda paralizado, olvidando incluso la pandemia de la COVID-19.

Sin embargo, esta nevada ha supuesto reconocer la ciudad con otra mirada, redescubrir rincones conocidos huyendo de los lugares comunes. Descubrir algo obvio, que Madrid existe más allá de la Gran Vía, Cibeles o la Puerta del Sol.

Domingo temprano. Un tenue rayo de sol comienza a brillar después de demasiados días de un constante manto blanco y mate. Los edificios más altos destacan iluminados por esa suave luz de la mañana. Las calles vacías, la nieve impoluta aún, sin huellas ni marcas que rompan la tonalidad monocromática, que en un rato desaparecerá bajo el trabajo de las quitanieves y los paseantes. Porque si hay algo increíble en que la pandemia y la nevada han coincidido ha sido en hacer la ciudad caminable. La gente ha salido a pasear llenando carreteras, calles y parques, espacios ajenos en esos momentos a coches y vehículos. Pero eso será más tarde, cuando ya haya avanzado la mañana.

Silencio

Silencio sepulcral, como un sudario que se extiende calle abajo, hasta donde la vista permite.

La calle se alarga, confundiendo el fondo con la mezcla borrosa de los laterales. Aceras, coches, motos, alcorques, papeleras, paradas de bicis y autobuses, semáforos, contenedores, pasos de cebra y asfalto. El camino que abrió ayer el quitanieves. Todo está cubierto de una capa blanca que llega hasta las rodillas y da la sensación de ser parte de un escenario ficticio.

Silencio. Solo el sonido rítmico y monótono de una pala quitando la nieve.

El ruido de las ramas de los árboles sacudidas por el viento y la nieve que se va cayendo, derretida poco a poco. Un pájaro que canta y otro que pasa volando para posarse en un pino cercano con varias ramas desgajadas.

Y, como si en vez de entre calles de Chamberí o de la Universitaria estuviéramos en la montaña o paseando por el campo, sucede la singularidad de lo común. Buenos días, buenos días. El intercambio de saludos entre los que, armados de bastones y botas de nieve nos cruzamos.

La nieve tiene la peculiaridad de hacer de lo cotidiano la excepción: ¿en qué otro momento le daría los buenos días a un desconocido que me cruzo por la calle? Una mirada fugaz, una breve sonrisa se intuye bajo la mascarilla y cada uno sigue su camino, despacito, clavando bien las suelas sobre el hielo para no resbalarnos.