Filipinas es el lugar del mundo donde la gente siempre sonríe. Risas de mayores y niños, brillo en la mirada cuando te cruzas con alguien por la calle y le das los buenos días en tagalo, una sonrisa contagiosa al quedarte mirando a un grupo de escolares salir de clase, el gesto “como de posar” de un niño al ver la cámara de fotos…. Entre el ruido y el caos de Manila, la salvan sus gentes y la alegría que trasmiten.

Tuve la suerte de poder ir a Filipinas a un seminario sobre emprendedores sociales, y tuve la suerte de hacerlo acompañada del mejor equipo. Casi imposible pedir más. Bueno, si puedo pedir, que hubiera durado un poco más la experiencia.

Cuando bajas del avión, lo primero es la sensación de humedad y bochorno. Después de tantas horas congelada por el aire acondicionado de los aeropuertos, y de 12 horas de vuelo, de repente sales a un lugar donde empieza a calentarse tu cuerpo de golpe. Lo segundo, aunque es imposible acostumbrarse, es el tráfico y el caos de Manila. Cientos de coches, motos, jeepneys, furgones, triciclos, camiones y todo tipo de vehículos posibles se apelotonan en sus calles, echando un humo negro que te ahoga, a la vez que te exaspera la lentitud con la que avanzan. No existe ninguna norma de tráfico perceptible para el ojo occidentalizado, hay una especie de microcosmos donde todos intentan ir en la misma dirección a la misma vez, y donde milagrosamente nadie se choca. Es desesperante la sensación de tardar casi 3h en hacer un recorrido de 15 km, o el tener que salir de casa de noche y llegar al trabajo horas después con el sol bien alto.

Manila es una urbe gigantesca donde conviven unos 15 millones de personas, donde puedes encontrar el lujo y la exclusividad de los rascacielos de Makati a cientos de barriadas o slums donde se amontonan miles de personas, la mayoría venidas de las zonas agrícolas del país, y que viven en condiciones de pobreza absoluta. A eso súmale un calor constante y una humedad bochornosa, el ruido del tráfico, de los conductores de los jeepneys que anuncian sus destinos, de los vendedores ambulantes con todo tipo de comidas exóticas, de niños pidiendo limosna…. Dan ganas de salir corriendo. Pero a pesar de todo esto, Filipinas enamora.

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Enamora el tener unos paisajes increíbles donde la naturaleza se muestra en todo su esplendor, pudiendo tener el mar, lagos inmensos y volcanes todo en uno. Miles de islas, extensos campos de arroz o montañas de cocoteros y bananos verdes sobre playas de arena blanca, enamora el conocer a alguien de allí y que enseguida te acepte como uno más en su familia, invitándote a comer y a compartir con él lo que tenga, por poco que sea. Enamora el darte cuenta que estás a miles de kilómetros de lo que consideras tu hogar y que te sientes tan a gusto que se te olvida la distancia. Enamora el ver que intentas chapurrear cuatro palabras en tagalo y que ellos se emocionan por el esfuerzo. Incluso enamora bucear en una playa de arena blanca y aguas trasparentes, quedarte dormida debajo de una palmera y despertarte quemada por el sol y rodeada de curiosos.

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Hace falta armarse de paciencia y coraje para llegar a la otra parte del mundo y quedarte allí a vivir, una temporada o unos días. Pero lo cierto es que engancha. Filipinas tiene mil caras, y una de ellas tiene acento español. Por los 300 años de penosa colonización (me parece muy divertido el slogan “300 años en un convento y 50 en Hollywood) y por todos los españoles que te encuentras, voluntarios o trabajadores, que te acogen con los brazos abiertos y hacen que te sientas como en casa. Aparte, tuve la suerte de contar con alguien que se conocía la zona, que sabía moverse en jeepney, que te llevaba tanto a la zona de fiesta como a comer un balut (¡Lo probé! Yo sigo al pie de la letra lo de “donde fueres…” aunque solo le di un mordisco y estaba bastante cocido).

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Experiencias como patearse Divisoria, el mercado callejero más grande de Manila, donde puedes encontrar de todo. Y cuando digo todo, puede ser cualquier cosa imaginable, legal o ilegal. Rezar para no perderme entre las interminables callejuelas atiborradas de gente y tiendas. Regatear en los puestos de artesanía para comprar unos albornoces, comer arroz con pollo en un puesto callejero mientras ves los tuctuc pasar veloces delante, viajar en barco al amanecer para cruzar de una isla a otra. Alquilar una casita en White Beach, con sus espectáculos de travestis y música que transforman por la noche una tranquila zona de playa en una macrodiscoteca a la orilla del mar, los pescadores con sus barcos de colores cuando llegan de faenar y venden la mercancía al peso, bucear entre arrecifes y ver peces de colores increíbles, conocer el lago Taal, con un volcán en cuyo interior hay una isla… y la eterna sonrisa, que siempre te la encuentras donde quiera que vayas. Es curioso, echando un vistazo a las fotos, prácticamente en todas aparece, se intuye, en las caras de la gente.

Salamat, Philippines!