Estoy esperando en el aeropuerto de Lisboa mi vuelo de vuelta. La T2 parece una nave industrial que acaban de apañar como aeropuerto y bromeamos con que hace nada esto era un descampado y han tenido que montarlo sobre la marcha. Es un espacio diáfano, con los techos altos donde se ven las tuberías y canalizaciones del aire acondicionado y los cables de la luz. El suelo es liso y brillante y las paredes grises, y por megafonía se oyen los típicos mensajes de aviso de los vuelos. Aséptico y totalmente vacío de personalidad.

Es una sensación que tengo siempre. Todos los aeropuertos me parecen igual de impersonales, con muy pocas diferencias entre países y siempre bastante caros. Las mismas tiendas, los mismos productos de duty free, los mismos cafés, las mismas sillas incómodas…  

Sin embargo, en esta pequeña terminal de Lisboa hay algunas cosas que lo hacen especial: gente esperando su vuelo, algún café, tiendas varias… y una pantalla donde están pasando los partidos del Mundial de fútbol de Rusia. Está jugando Alemania-México y hay un grupo de alemanes que no paran de animar y gritar, como si estuvieran en el bar con los amigos. Portugal vive el fútbol, y sabe cómo hacerlo vivir, porque es el tema comodín en todas partes por estas fechas: los kioskos están empapelados con la cara de Cristiano Ronaldo, las marquesinas de autobuses lucen los colores de la bandera y la publicidad de una cerveza que patrocina a la selección, y en todos los bares no se habla de otra cosa.

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Esta tarde en la terminal hay una chica alemana sentada a mi lado que está viendo vestidos de fiesta en Instagram. Con un dedo va poniendo corazones a todas las publicaciones que le gustan, entre volantes y estampados de flores. Enfrente suyo, sentados en el suelo, tres chavales no le quitan ojo a la pantalla, absortos en los 22 jugadores corriendo sobre el césped.

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La sala de espera del aeropuerto se divide en dos. Los que están viendo el fútbol, que son la gran mayoría, sobre todo hombres, y los que no. Sin embargo, la T2 esconde más sorpresas. Hay una tienda de chucherías a granel, donde puedes comprar bolsas enormes de todo tipo de gominolas, un McDonalds y un restaurante donde venden cervezas en latas grandes y botellines, por lo que el ambiente es más de bar que la antesala para coger un avión. El precio es prohibitivo, pero una mesa de guiris ha dado cuenta de unas 20 de ellas.

-¡¡¡Uyyyyy!!!

-Ha habido un casi gol por parte de México y la afición alemana respira aliviada.

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En breve sale un vuelo para Ámsterdam. La compañía de bajo coste se está poniendo muy seria con la norma de permitir un solo bulto por pasajero y la fila de pasajeros está revolucionada. La gente empieza a abrir maletas, ponerse capas de ropa e intentar cerrar bolsos y mochilas.

El partido acaba de terminar y la atención se dirige hacia los pasajeros que esperan su turno para embarcar: una chica rubia, con el pelo recogido en una coleta y la piel roja por el sol ha tenido que ponerse varias camisas una encima de otra y dos pares de pantalones. El pequeño bolso que lleva debajo de las capas de ropa le hace un bulto prominente y una imagen bastante ridícula, pero le dejan subir al avión, y ella sonríe con satisfacción al cruzar el control.

La azafata de la compañía va dando toques a quienes llevan dos bultos y la fila se va rompiendo. El resto de la gente que espera su vuelo en la terminal parece que está en el cine, mirando las maniobras y comentando la jugada de cada pasajero con su maleta, mientras llega su turno.

Esta tarde, para variar, hay huelga de controladores en Francia y todos los vuelos van con retraso: toca esperar. Como en todos los aeropuertos, solo que esta vez entre fútbol y maletas.