40º25’12.1’’N 3º42’04.7’’W

Es temprano. Las farolas aún siguen encendidas y las luces de colores de los carteles de neón aturden a los salen de la boca del metro, todavía medio dormidos y espabilados de golpe por el frío de la mañana. Es tarde. Un joven de andares vacilantes se lanza a la calzada con un brazo levantado. Le sigue una chica con tacones altos y un abrigo de pelo negro. Un taxi frena en seco frente al cine Capitol.

Sus casi 1300 metros nunca dejan de bullir de vida, de ruido, de gente. Pero a esta hora encuentro sobre todo miradas huidizas o adormiladas, de paso rápido, buscando comenzar la jornada, tomar el primer café del día o la penúltima copa de la noche. Esta es la Gran Vía madrileña.  

Poco a poco el cielo comienza a teñirse de rosa. El tráfico aumenta y los taxis y uber dejan de ser mayoritarios. En el paso de cebra cerca del metro de Callao y Santo Domingo, la gente espera para cruzar. Una chica joven fuma sujetando el cigarro con una mano temblorosa. Lleva unos guantes rojos que le dejan al aire los dedos, con las uñas pintadas de color verde cemento. Estamos en primavera, pero aún hace frío por las mañanas.

El sol comienza a reflejarse en el edificio España. En una fachada de persianas cerradas leo: bachillerato, turismo, idiomas, secretariado, azafatas. Escuela de Turismo.

La calle fue construida en 1925 con la idea de unir el barrio de los Jerónimos y el Paseo del Prado, con el de Argüelles, dos de las zonas más emblemáticas de la ciudad. Todavía se mantienen muchos de esos edificios de principios del siglo XX decorados con columnas, balconadas y elegantes esculturas, aunque hoy mayoría son hoteles, pisos turísticos y oficinas.

Esta calle ha vivido el paso de reyes y artistas, ha sufrido bombardeos durante la Guerra Civil y ha salido en series, películas y libros. Hubo una época en la que los carteles anunciando películas y las luces de neón de los cines la hicieron conocida.

Clinc, clinc, clinc los acomodadores con los bolsillos llenos de monedas que sonaban al pasar son recuerdos de los que vivieron esa etapa. Hoy son teatros de musicales y algunas salas multicine –nada que ver con lo de antes, sentencian los más viejos– lo que se mantiene aún.

Emilio tiene 56 años y desde el año 2000 está regentando con su hermano uno de los quioscos de la Gran Vía. “Llevamos casi un siglo, no sé si esto es de antes o de después de la guerra”, dice enseñándome una foto en blanco y negro donde se ve la calle recorrida por coches de época, mientras señala en la imagen un pequeño puesto de madera: el negocio familiar. “Esto lo comenzó un tío de mi padre, luego mi padre…y ahora estamos nosotros”. Mientras hablamos, una pareja de turistas italianos se está probando unas gorras que cuelgan en el puesto, y acaban comprando una cada uno y una botella de agua. “Fredda, por favor.”

He estado 3 años viviendo junto a esta calle y casi 4 madrugando para entrar a trabajar en el momento en que el amanecer se colaba por los cristales de la oficina. Durante este tiempo he encontrado obras que se eternizan en el tiempo. Andamios que ocupan una fachada entera disimulados con carteles de publicidad. Soledad Cabello Pelucas, Instituto VOX español para extranjeros, Preventiva Seguros. Músicos callejeros. En el número 44 aparecen ordenados los nombres de los hostales: Helena, Miami, Josefina, Valencia, Stella, Continental. El Rey del Brillo, limpiabotas: con su caja de betún llena de fotos de antiguas estrellas de cine mexicano. La Calle Abada con su rinoceronte. El edificio de Telefónica.

Un poco más abajo los juzgados parecen un añadido extraño que rompe la homogeneidad de la calle. En su fachada de cristal oscuro se refleja el casino que está justo enfrente. Oratorio caballero de Gracia. El portal del número 22 derecho lo decora una corona de un castillo con tres torres y el lema “La urbana y el sena”. Mucho antes, en la esquina con San Bernardo, un edificio de ladrillo rojo y granito llama la atención. Justo en la acera opuesta estaba el único buzón de correos de toda la calle. Amarillo y brillante. Con las obras de ampliación desapareció.

Un día normal por la mañana, tardo en recorrer la Gran Vía desde Plaza de España a Alcalá 22 minutos. Cuando es periodo de rebajas o durante Navidad, 46 minutos. En cuanto se abren los comercios, la calle se llena de gente. Como rebaños de ovejas, las aceras se ven inundadas de personas que entran y salen de las tiendas.

Cuando el semáforo comienza a parpadear en verde, hombres, mujeres y niños aceleran el paso, corriendo para llegar al otro lado de la calle. Los que van se cruzan con los que vienen, muchos de ellos cargados con bolsas de las grandes cadenas de moda rápida que homogeneizan el centro de las ciudades. Grupos de personas cruzando hacia Fuencarral y Hortaleza, gente que baja por Montera, más personas en la plaza de Callao y otro grupo que anda perdido buscando cómo llegar al Mercado de Mostenses. Como extras de una película, la calle está llena, pero nadie se detiene. Todo el mundo parece estar de paso.

Mendigos Palomas Manteros Policías Turistas. Si me quedo en una esquina quieta durante unos minutos, habrán pasado cientos de personas por mi lado. Pues resulta que la llamó para la entrevista y cuando la vió…arrivare al Berbabeu? più lontano!….No te voy a hacer spoiler, pero en el último capítulo….amazing! the new collection of Zara…Gustavo, el hermano de Gina, no lo conocés?…fñjfhw uf h jwnmkcm ewu … los idiomas se entremezclan en conversaciones robadas durante unos segundos.

En las calles adyacentes, más pequeñas y discretas, el ritmo es diferente. Separados por unos escasos 20 metros, aquí conviven el club nocturno Le Papillon y un cartel bastante estropeado por el paso del tiempo donde se puede leer “Residencia de Señoritas”. La oficina de extranjería de la Calle Silva siempre llena de acentos y colores diferentes. Señoras mayores que van a comprar a Manuel Riesgo. Un joven que se para a mirar las maquetas llenas de polvo de Model Reina. Los policías de Plaza Luna aparcando junto a la fuente, donde los niños que no saben leer el cartel de “agua no apta para el baño” alegran con sus risas y salpicaduras los días de verano, cuando el sol cae sin piedad.

Un grupo de carteros han dejado los carritos en una esquina y almuerzan café con leche y pincho de tortilla en un bar de los de toda la vida. Fernando es el dueño y atiende junto a su mujer Concha, que está en la cocina junto a una plancha humeante que huele a fritanga. Es parco de palabras, pero enseguida se aprende tu nombre y lo que tomas. En la barra de aluminio dos hombres beben una caña y charlan de política y otro ojea el AS del domingo pasado manchado de grasa.

Estas calles son la trastienda, donde la gente hace su vida real para luego salir al escenario ficticio de la Gran Vía. Aquí los contenedores de basura están a reventar y los carteles de publicidad pegados en las fachadas se comban uno sobre otro, amenazando con despegarse. Tengo que mirar al suelo cuando camino porque es muy fácil tropezarse. Zona de carga y descarga, hay muchos coches y motos aparcados aprovechando cualquier espacio. Las prostitutas sentadas en los portales de Desengaño bromean con los conocidos que pasan por la calle.

“Guapoo… vente un ratito conmigo”, le susurra una de ellas a un hombre que pasa de largo acelerando el paso. Muy cerca hay una placa que informa que el héroe cubano y poeta José Martí vivió en ese edificio hace muchos años. Hoy comparte manzana con un sexshop que tiene pintada la bandera multicolor en la fachada.

Una furgoneta con luces de aviso en doble fila impacienta a los coches que acaban de llegar.

Piiiiiiii Piiiiiii

El claxon suena sin llegar a esperar mucho. Aquí siempre hay tráfico. De día o de noche, la vida fluye por estas calles paralelas. Aquí siempre es fácil encontrar sexo, drogas y puede que todavía algo de rock’nd roll en los bares de Malasaña.

Es tarde. Los trabajadores de las tiendas de ropa sacan el cartón y las bolsas de basura con plásticos y perchas rotas a la puerta, esperando que el camión de la basura las recoja. Es temprano. La gente sale a cenar o buscando un bar para tomar una copa. Otros hacen cola para entrar al espectáculo de turno o a alguna discoteca. Las luces de los carteles de neón iluminan la calle. La noche acaba de empezar en una ciudad que nunca duerme. Esta es la Gran Vía madrileña.