Estos días confinados en casa a causa del coronavirus, hablar de viajes y viajar con la situación que estamos viviendo puede sonar ridículo e incluso frívolo, pero no quería dejar de plantear aquí una reflexión que me resulta interesante durante este tiempo.

El viajar se ha convertido en algo cotidiano, en una sociedad donde quien más, quien menos escribe un blog de viajes, como es el caso. Sin embargo, en Soplalebeche no voy a descubrir los 10 lugares que hay que visitar si se viaja a un destino concreto, o los mejores restaurantes u hoteles de tal ciudad. Eso se lo dejo a otros que lo hacen mucho mejor que yo. Este pequeño espacio online lo veo más como un lugar de inspiración donde compartir unas cuantas inquietudes viajeras desarrolladas a modo de crónicas, cuadernos de viaje y reflexiones varias, o por lo menos esta es mi humilde intención.

¿Quién no ha paseado por esas calles céntricas, llenas de los mismos comercios, con los mismos restaurantes y cafés y formas de ocio que podemos encontrar en tantas y tantas ciudades? He de reconocer que me producen un poco de pereza, una sensación de ser calcos unas de otras y que ahí gana la empresa y pierde la ciudad. Y aquí es adonde quiero llegar. Ahora se oyen muchas voces que abogan por un cambio, que después de esta pandemia mundial debemos replantearnos muchas cosas respecto a nuestra forma de consumir, y creo que ahí está la clave. Esta mañana escuchaba en la radio que la responsabilidad la pueden tener los políticos, pero también los ciudadanos como consumidores. En cierta manera, cuando buscamos los comercios pequeños de barrio, las tiendas que apuestan por productos locales, que compran directamente a los proveedores o que los producen ellos, ahí estamos actuando como ciudadanos responsables.

Si aplicamos esto a los viajes, podemos intentar hacer lo mismo: cuando viajemos, sea dentro de nuestro país o en el extremo más remoto, intentar huir de los espacios comunes y buscar poner en valor lo propio de cada lugar, siempre desde el respeto, la responsabilidad y sin perder la curiosidad. Desde el señor mayor que trabaja la taracea en una tiendecita de Granada al que se dedica a la venta ambulante en una playa brasileña.

Propongo un viaje lento, deteniéndonos todo el tiempo que podamos en un lugar y moviéndonos sin prisas. Superar la etapa del formato de viajes donde por la mañana se veía Venecia, por la tarde Milán y al día siguiente se estaba desayunando en Roma y comiendo en Nápoles. Todos lo hemos hecho alguna vez, pero ¿por qué no aprovechar esta situación para evolucionar? Huyamos del fastfood precocinado, porque ¿hay mayor placer que, viajando por Italia, de pronto encontrar una pequeña trattoria donde comer con los locales?