Una isla dentro de una isla

Me han hablado de una zona de frondosos bosques y pozos de agua fresca. De caminos que atraviesan pintorescos pueblecitos y de calas de piedras y agua transparente. Cuando la observo sobre un mapa, parece una larga cicatriz que recorre la isla, siempre mirando a poniente. La Sierra de Tramontana es, como muchos la definen, una isla dentro de la isla. Bosques de pinos, encinas y carboneros. Cabras salvajes. Eremitas y ermitaños que vivieron hace siglos en sus bosques. Olivos centenarios retorcidos sobre sí mismos. Nieve con frecuencia en los inviernos y picos de casi 1500 metros de altitud. Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Una isla dentro de una isla. Un lugar en ocasiones de difícil acceso y en el que da la sensación de que no pasa el tiempo. Una isla imaginaria dentro de una real, porque aunque no lo parezca, este lugar está en Mallorca, la misma isla que es el destino de miles de turistas en una eterna temporada alta.

Un lugar se puede aislar geográficamente por un mar, por un río, por unas escarpadas montañas o a lo mejor por un pronunciado valle. A veces la distancia geográfica es mínima pero la dificultad de acceso hace que algunos lugares se mantengan retirados y tranquilos, alejados de la realidad cotidiana. La Sierra de Tramontana, con su dualidad de mar y montaña tiene la capacidad de trasladarnos en el tiempo, de aislarnos de una isla llena de vida y de gente para trasladarnos a un espacio tranquilo, donde hace años vivían de sus propios recursos y lo que la tierra producía, y hoy sobre todo del turismo exclusivo y extranjero.

Conforme el autobús va subiendo las empinadas y sinuosas curvas, voy perdiendo la noción del espacio y el tiempo. El horizonte se difumina entre los verdes pinos, que ocultan el interior de la sierra.

Ciclistas que pedalean jugándose la vida en las estrechas carreteras. A veces se intuye un mar azul brillante, pero rápidamente se esconde tras las ramas.

Al bajar del autobús, un olor intenso a bosque de pinos y el monótono canto de las chicharras me dan la bienvenida a la Sierra de Tramontana.

Vengo a la isla para hacer una ruta caminando, la Pedra en Sec, un camino que recorre kilómetros de la sierra a lo largo de empedrados y polvorientos caminos, bosques mediterráneos y siempre con la cercanía del Mediterráneo como aliciente. Terrazas escalonadas donde crecen olivos y pacen ovejas con grandes cencerros. El tolón tolón se repite por grandes valles y desfiladeros de lo que los geólogos llaman un círculo glacial y que hoy es una alfombra verde de árboles. Cabras salvajes marrones y carneros con grandes cuernos. Los pájaros pían celebrando el comienzo del buen tiempo. Y a veces, cuando llego a lo alto de un cerro o una colina, puedo ver el mar.

La isla real acoge a miles de turistas al año, que conviven en sus playas, sus ciudades, sus calles, sus casas. La isla imaginaria acoge entre sus montañas, valles, calas y casas del color de la tierra también a muchas personas, pero la sensación de soledad y aislamiento me persigue a lo largo de los kilómetros.

Caminando por la sierra puedo ver el mar Mediterráneo en todo su esplendor. Azul, brumoso y con algún barquito de blancas velas en sus aguas. Banyalbufar, Esporles, Valdemossa…. los pueblos son sonoros y exóticos para el castellano peninsular.  En la Sierra de Tramontana el turismo está más mimetizado con el entorno. Casas del color de la tierra y de cientos de años de antigüedad hoy son hoteles de lujo o mansiones de los pocos privilegiados que pueden permitírselas. Hace sol, y mientras camino voy viendo montañas verdes, cubiertas de pinos y encinas y con los grises picos asomando altivos. A veces ermitas escondidas en la umbría de unos bosques que parecen más de la vertiente atlántica. Paso cerca de varios agujeros enormes en el suelo, con las paredes de ladrillo y sensación de que llevan mucho tiempo abandonados. Después me entero que son pozos de cal, que se utilizaban en los pueblos de la zona.

La isla real tiene, como todas, sus playas, pero aquí no llegan balsas de náufragos sino cruceros de lujo. Todos los meses. Todo el año.

En el norte de la isla, se puede ver el sol fundirse con el Mediterráneo. No es tan concurrido como en Ibiza -donde vestidos de blanco, entre aplausos despiden el sol en calas atiborradas y glamurosas- pero el espectáculo tiene su encanto y siempre reúne a visitantes y curiosos.

Con el atardecer, un faro blanco comienza a avisar de la cercanía de la costa en uno de los extremos de la redondeada bahía de Sóller. Blanco, inerte y luminoso, saluda con tres flashazos ininterrumpidos. El cielo está anaranjado, con tonalidades brillantes que se reflejan sobre el agua. En ese momento alzo la vista y veo el sol ocultándose tras una nube, para asomar un poco después, y ahora sí, ser tragado por el mar. Poco a poco, la oscuridad lo cubre todo y las estrellas, como pequeñas motas de polvo dispersas en el cielo comienzan a brillar.

La isla imaginaria tiene sus propias luces y sus propios habitantes. Un gato se acerca ronroneando, buscando los restos de la cena. Al poco se marcha, hambriento, a la caza de algún pequeño roedor.

Hablando con los vecinos, descubrí que desde el Puerto de Sóller hace unos años salían miles de naranjas que alimentaban los mercados y bocas centro europeas. Ahora, crecen muchas menos en los naranjos que hay en el valle, y son los extranjeros los que vienen a comerlas. Hoy es festivo. Hay una señora bañándose en la playa. Pelo blanco corto y cuerpo bastante atlético para la edad que aparenta.

Son las fiestas de moros y cristianos, en las que todo el pueblo recuerda una batalla donde vencedores y vencidos se turnaban el puesto hasta el hastío y agotamiento. Lo celebran con petardos y cerveza, como en la mayoría de fiestas en toda España. Esta mañana en este pequeño pueblo de la sierra se están preparando para el Es Firó, que será por la tarde. Tres guardias civiles toman una caña en el bar que hay junto al puerto, al lado de la parada del tranvía.

Una vez en Sóller, tomo un pequeño tren que se mantiene al estilo de cuando se construyó hace ya más de cien años y que une la isla real con la imaginaria. Sus vagones de madera se deslizan lentamente por el valle, despidiéndonos de la Sierra de Tramontana.

Viajar sin prisas. Tener la sensación de que el tiempo se detiene y medir las distancias por lo que tardas en llegar a ellas andando. Saborear las tradiciones. Descubrir una isla dentro de una isla. Un trozo de la esencia mediterránea.