Grecia era un país en donde ya había tenido la oportunidad de estar con anterioridad a la crisis. La posibilidad de ir cuando aún no dejan de estar en el ojo del huracán por distintos problemas económicos y políticos se me antojó una oportunidad interesante y apetecible. Sobre todo para conocer de primera mano cómo lo están viviendo los ciudadanos en su día a día.

Grecia es y será la cuna de la civilización occidental, el lugar donde vernos reflejados histórica y políticamente. Y sobre todo un país afectado por una mala situación coyuntural, que no por ello hace que sea menos hermoso y atrayente.

Esta vez quería conocer la Grecia de las islas, la Grecia blanca y azul de la bandera, las tardes de sol y cigarras y mar azul y transparente. La Grecia tradicional, pero no turística. La que tiene las puestas de sol más hermosas y los amaneceres más brillantes. Recomendable si se tiene tiempo echarle un vistazo Las islas griegas de Lawrence Durrell).

Llegué a Grecia en avión, haciendo la ruta Barcelona-Atenas, una vez en Atenas, desde el puerto de Rafina tomé un ferry para Tinos. La isla de Tinos pertenece a las Cícladas, y es de las menos conocidas fuera de Grecia de todo el archipiélago. Para los griegos es considerada la “Lourdes griega”. Isla de marcado acento religioso por el peregrinaje que se hace a la iglesa de Nuestra Señora de la Anunciación. Son mucho más conocidas Andros, Mykonos, etc… pero por ello Tinos tiene el encanto de la tranquilidad y el sosiego, de encontrarte mucha población griega y poca extranjera, y por todo ello el poder saborear verdaderamente la Grecia mediterránea.

El viaje en ferry, si el mar está tranquilo y es un día soleado es de una belleza espectacular. Dura unas 4 horas y el barco va parando por diversos puertos antes de llegar.

Me gusta subirme a la cubierta y notar cómo sopla el aire cargado de salitre, que te deja en el rostro un sabor salado y pegajoso.

El puerto de Tinos (o Tinos, directamente), es la mayor población dentro de la isla. Lo primero que salta a la vista es, que como en las postales, solo predominan dos colores: blanco y azul. Casas encaladas y puertas y ventanas azules por doquier, norma general de toda la isla. Allí podemos encontrar multitud de negocios, cafés, restaurantes… todo gira alrededor de la Iglesia de la Anunciación. Velas, cirios, souvenirs religiosos varios, etc, aunque también los típicos puestos para turistas de recuerdos. El mar en el puerto es tan limpio que parece increíble que enormes barcos estén continuamente entrando y saliendo de él.

Desde Tinos fui en autobús público a Ysternia. Un pequeño pueblo hacia el interior famoso por sus mármoles. En general toda la isla es famosa por su artesanía. Especialmente en trabajos con el mármol, con una escuela de marmolistas de gran renombre y un museo (Pirgos). Ysternia cumple todos los requisitos para querer quedarte en ella una vez que la conoces.

La primera impresión es sobrecogedora. Un pequeño pueblo blanco, en contraste con el paisaje reseco y agostado, con buganvillas cuajadas de flores y escaleras, escaleras por todas partes.

Unos cuatro kilómetros más abajo se encuentra la zona del puerto, con un par de tavernas, alguna casa y la zona de playa, a la que se puede acceder o bien por carretera, o bien por un estrecho camino que baja por toda la montaña. En la parte “alta” de Ysternia encontramos una taverna, un pequeño bar (kafenio), la iglesia, una pequeña tienda de alimentación y  más casas, con sus plazas y pequeños rincones. Por pequeño no deja de tener encanto. Azotado por el viento y tostado por el sol, todo blanco y azul. Terrazas escalonadas, con unos habitantes que te muestran una gran sonrisa cuando te los cruzas, y gatos por doquier que durante el día dormitan a la sombra y que cuando baja el sol salen a pasear, como verdaderos propietarios del pueblo.

La mejor comida que he podido probar la cocinaba la Señora Ana, de la taverna de Ysternia. Musaka, Frutaia, pasteles de verduras o asado de carne, todo estaba delicioso. Regado con una cerveza fresca, con retsina y con uzo o rakia después. Comer se convierte en un placer que apetece disfrutar lentamente. Eso, junto con la puesta de sol vista desde las terrazas son dos momentos inolvidables de la isla.

Aparte de Tinos e Ysternia, hay muchos pequeños pueblos donde merece la pena pararse. Panormos con su playa y su puerto, lleno de restaurantes y tavernas. Pirgos con su museo del mármol y sus bellas calles y terrazas, etc.

El mármol se trabaja profusa y bellamente en la isla, y podemos encontrar ejemplos en todo tipo de arquitectura, desde grandes iglesias y casas particulares, a pequeños detalles en ventanas o patios, muestras de lo que los maestros artesanos hacen con su obra. El taller de Onofrio, en Ysternia, es un claro ejemplo de cómo trabajar de una manera útil y bella a la vez el mármol, con claros guiños artísticos y personales.

Aparte de la isla de Tinos, quise detenerme a la vuelta en Atenas por dos motivos. Uno, es un lugar al que prometí volver y la ocasión era perfecta. Y dos, quería comprobar cómo estaba afectando realmente la crisis en Grecia. Qué mejor que la Atenas diaria, vista por los griegos para hacerme una idea. La subida a la Acrópolis era como recordaba. Una pendiente por entre las callejuelas de Plaka que si la haces a las 14h en el mes de agosto, prefieres primero visitar la fuente que hay arriba que el Partenón.

La Acrópolis, en continua y constante restauración. Es inevitable sobrecogerse con la belleza de sus templos y las vistas de toda Atenas que se pueden disfrutar desde allí.

Lo que más me llamó la atención fue la poca gente que había. No sé si achacable al calor y la hora que era. Mediodía de agosto. O a la crisis que incluso llega a afectar a uno de los monumentos históricos más importantes de Europa. La verdad es que sólo encontré un par de japoneses cámara en mano y unos pocos más de turistas. Nada que ver con la imagen agobiante que recordaba cuando vine con anterioridad.

Pasear por Monastirakis, Plaka, poder estar en la Plaza Sintagma. No para ver el cambio de guardia, sino por la relevancia social y política que en los últimos tiempos está teniendo, o simplemente volver a subir por la noche a la colina enfrente de la Acrópolis y verla iluminada es un placer. Atenas tiene ese encanto de ciudad cosmopolita, donde convergen oriente y occidente y a donde de nuevo, prometí y prometeré volver una y otra vez.