Joao Pessoa, Campina Grande, Fortaleza, Natal, Recife, Salvador de Bahía… El nordeste de Brasil es tradicionalmente una zona de agricultores y ganaderos, con las grandes plantaciones de caña de azúcar o cacao en el litoral y el sertão en el interior. Tierra de hombres y mujeres duros, de violencia y quilombos, de aquí son muchos de los grandes personajes de Brasil. Mestiza de indios, portugueses y esclavos africanos, y proveedora de mano de obra en las grandes ciudades del sur, está llena de historia y exuberante naturaleza.

Joao Pessoa (João Pessoa) es la capital del estado nordestino de Paraíba. Tiene un clima que oscila entre los 25 y 30 grados de temperatura, y ahora que estamos al final del “invierno” sopla una brisa agradable y a veces llueve. Al estar tan cerca del Ecuador las estaciones se dividen en “seca” y “de lluvias”.

Estos días el mar tiene un tono color café con leche debido a las lluvias de hace unos días, y hay mucha vegetación de un verde brillante: palmeras, cocoteros, muchos árboles que no se cómo se llaman, e incluso en la arena de la playa crecen enredaderas con flores y un tipo de chumberas. Aquí no hay pequeñas calas o bahías, es el océano Atlántico el que viene a bañar estas playas, largas, extensas y de arena blanca.

En Brasil todo es enorme. Empezando por las distancias y acabando por el tamaño de las frutas, todo es grande. Las raciones en los platos, las ciudades… la percepción del tamaño varía con lo que estás acostumbrado, pero para darte cuenta de su magnitud basta con abrir un mapa del país y ver que por mucho que lo intentes, no abarca.

Joao Pessoa tiene más de un millón de habitantes y su característica principal es ser el primer lugar del continente americano donde nace el sol, al ser el punto más oriental y “cercano” a África. En esta zona desembarcaban los barcos cargados de esclavos africanos, y por eso la gran mayoría de la población es negra o mestiza hoy en día. No hay prácticamente turismo internacional, sólo brasileños venidos de otras partes del país.

La ciudad de Joao Pessoa se extiende por el litoral en forma de zonas residenciales. Casas de lujo, rascacielos solitarios que no se sabe cómo resisten al viento, el típico edificio de zona de playa de pocas alturas y alguna mansión de estilo colonial, aunque éstas son cada vez más difíciles de encontrar. Todos acotados con un perímetro de seguridad, con portero privado, y muchos con alambradas eléctricas y altos muros, que dan la sensación de pequeñas cárceles o prisiones.

Aquí las calles son para los coches. Salvo por la mañana temprano, cuando cerca del paseo marítimo cortan un carril de la carretera y te encuentras a muchas personas corriendo, patinando o en bici, el resto del día las calles están vacías. La gente va en coche a todas partes: al trabajo, a la compra, e incluso para ir a visitar a un amigo que vive al final de la misma calle. En parte por seguridad, y en parte por las distancias, pero es la cultura del coche. En su defecto puedes ir en moto, en taxi o en ómnibus (autobús urbano), pero necesitas un vehículo de motor para moverte, si no, no eres nadie.

Aún así, hay pequeños espacios pensados para los peatones. El paseo marítimo, que va desde Bessa o Manaíra hasta Cabo Branco es donde la gente aprovecha para moverse. Ahí puedes encontrar a señores parados vendiendo cocos, a un grupo de mayores jugando al dominó o a cuatro señoras en un banco cotilleando a todo el que pasa. Por la mañana hay actividades deportivas para personas mayores. Un grupo de chicas haciéndose selfies en la arena, pequeños cafés o chiringuitos de playa, algunos turistas nacionales y un sinfín de personajes cuya rutina es sentarse a ver pasar el día.

En Joao Pessoa el sol sale temprano, a las 5 de la mañana ya hay luz y empieza el movimiento. Sobre las 5:30 de la tarde se hace de noche, y enseguida una oscuridad total envuelve todo.

La vida aquí es diurna, sigue el ritmo que marca el sol en la primera ciudad que se encuentra en su recorrido por toda América.