Un rincón para perderse en Lisboa. Largo do Intendente

Uno de los lugares que más me gustan de Lisboa es Largo do Intendente. Es una plaza que siempre suele tener gente, junto a la Rua do Benfermoso, donde está todos los indios y bangladesíes con sus negocios. Estos días coincide con Santo Antonio y es el final del Ramadán, así que durante el día todo es bastante tranquilo, y por la noche la calle se llena de gente y el ambiente se transforma. 

En Intendente hay un par de cafés con sus terrazas y la tienda A Vida Portuguesa, preciosa pero cara, de esas a las que ir sobre todo a mirar. Todo muy tranquilo. Sin embargo, desde la última vez que vine he visto nuevos edificios en obras o carteles de los proyectos que van a construir. Concretamente en esta plaza hay tres. Tres grandes edificios que estaban abandonados o en ruinas y que ahora van a ser apartamentos de lujo y hoteles. No sé si me gusta la idea de que la plaza se llene de hoteles y albergues para turistas, aunque también es cierto que están recuperando zonas que se caían a pedazos.

En esta zona de Lisboa pasó como en tantas ciudades: Localizada en la ladera del castillo, era una zona marginal, donde vivía gente mayor, y en sus calles convivían la prostitución, los toxicómanos, inmigrantes y mucha infravivienda. La crisis hizo que bastante gente optara por venirse aquí y ahora las constructoras están aprovechando la oportunidad que ofrece un suelo cerca del centro.

Ahora un grupo de niños juega en un lado de la plaza, y en las terrazas hay jóvenes que se ríen a gritos en inglés. Las casas de la zona se están arreglando y tanto de noche como de día es un sitio bastante agradable para pasear. Bares, palomas y tiendas guays. Hay un policía local que lleva apoyado una hora junto al aparcamiento de las motos, controlando la plaza y sin moverse del escaso metro de sombra que da un arbolillo. Porque hoy hace calor, mucho calor. Las terrazas están llenas, y un chaval moreno, lleno de tatuajes y con unos calcetines y zapatillas de un blanco impoluto se acerca a varias mesas pidiendo fuego. Lleva unas gafas de cristales naranjas y una riñonera amarilla cruzada sobre el pecho. Nadie fuma, y tiene que preguntarle a un hombre mayor que pasa por allí en ese momento.

Aquí aún hay calles donde las señoras en bata salen a barrer la puerta y donde los tendales de las casas se tocan, haciendo sombra con las ropas tendidas. El suelo está asfaltado, pero por ese callejón no pasan los coches. Un chaval y un hombre que parecen abuelo y nieto, están jugando a algo parecido a la petanca, con dos bolas que van tirando alternativamente intentando acercarse a otra más pequeña. En el bajo hay una tienda que vende trastos varios, desde postales antiguas a muebles viejos o vinilos de hace 40 años, pero a precios que muy pocos locales pueden pagar.

De tanto ver la ropa tendida en las calles del centro antiguo, he acabado por desarrollar una teoría. Se pueden descubrir las intimidades de las personas que viven en esa casa en función de la ropa que cuelgan. Puedes saber si viven niños, el tipo de ropa interior que utilizan los habitantes de la casa, si viven solo mujeres u hombres, si visten de negro o tienen manteles con agujeros… es un trocito de su intimidad hecha pública. Cosas que en un principio no enseñarías a nadie pero que aquí están expuestas libremente a todo aquel que pase por la calle.

¿Barrio de modernos? ¿la dichosa gentrificación? Una señora mayor bastante gruesa se sienta a mi lado a descansar. Va apoyándose en un bastón y camina muy despacio. Intento hablar con ella pero no me hace mucho caso. Me pregunta la hora, se queda unos minutos y luego se va.

Hay algo muy curioso en Lisboa: las señoras asomadas a los balcones. A cualquier hora del día, cada poco tiempo me encuentro alguna apoyada en el alfeizar, asomada con curiosidad entre las cortinas o entretenida viendo pasar los coches y la vida en la calle… suelen ser sobre todo señoras mayores que pasan las horas así, asomadas a la ventana, curioseando el mundo.