Marceddi, el pueblo donde los peces vuelan

Para poder llegar al pueblo –si sus cuatro calles alcanzan esa consideración– hay que atravesar un puente largo y estrecho, donde los coches esperan para pasar de uno en uno. Me reciben barquitas de colores apoyadas en la arena y casas bajas con fachadas de colores claros. Por la noche, un par de tenues farolas alumbran sus calles sin asfaltar y solo rompen el silencio el canto de los grillos y las ranas croando.

Cri Cri Cri. Bienvenidos a Marceddi, el pueblo donde los peces vuelan.

A Marceddi se puede llegar también por una carretera más larga, que da un gran rodeo desde el interior, pero hablando con los vecinos dicen que se tarda más, y además supongo que la entrada no será la misma. Ese es el camino que utilizan los autobuses y los camiones grandes que se llevan el pescado a otras partes de la isla. Marceddi es una pequeña aldea de pescadores situada en la costa oeste de Cerdeña,  una mancha italiana, verde y montañosa enmedio del Mediterráneo. Junto con Sant’Antonio di Santadi, este pequeño pueblo rodeado de campos y cañaverales forma una laguna que es la forma de vida principal de la zona por su abundante pesca.

– Aquí durante el año viven 15 familias, y en verano 10.000 personas.

Quien hace esa afirmación es Lello, pescador, albañil y vecino del pueblo. Tiene las manos recias de quien lleva trabajando toda la vida. Pelo largo y despeinado, viste una camiseta con el nombre del pueblo y no para de bromear en voz alta.  Su risa franca parece decir que las penas, si son compartidas, parecen menos penas. Tiene mujer e hijos viviendo en el sur de Córcega. Cuenta que cuando era pequeño fue su hermana la mayor quien lo amamantó ya que su madre no podía dejar de trabajar. “Era el más pequeño de casa, y mi hermana me sacaba veinticuatro”, aclara, como justificándose mientras se enciende un cigarro.

Como él, cada mañana al amanecer son muchos los pescadores que salen a faenar con sus barquitas al estanque. En los días calmos cuando aún hace calor, la bruma hace que durante esas primeras horas el mar y el cielo se confundan.

Una orquesta de pájaros y el salpicar de los peces al volar sobre el agua son los únicos ruidos de la mañana, porque sí, aquí los peces no sólo nadan. Juguetones e inconscientes, dan pequeños saltos fuera del agua, momento que aprovechan las aves para volar raso, con las patas rozando la superficie.

La tierra del estanque está siempre húmeda, aunque no ha llovido. Los pies se hunden en los charcos y hay un fuerte olor a salitre y algas. Varios coches de pescadores madrugadores se empiezan a acercar. En el pueblo me dicen que una vez que encuentren un buen sitio, pueden permanecer horas y horas en la misma posición sin moverse, casi como estatuas. Algunos lo hacen por el placer de la pesca, pero para la gran mayoría es su forma de ganarse un sustento y alimentar a sus familias.

El otro extremo del estanque es zona militar y está prohibido el paso. Sólo los flamencos y las gaviotas pueden llegar hasta allí, y aunque las vistas del mar deben de ser preciosas, los vecinos agradecen que no se pueda entrar porque dicen que así les ayuda a conservarlo lejos del avance del turismo y el ladrillo.

Cerdeña es conocida por sus aguas limpias y por sus playas de arena blanca que cada verano se llenan de personajes famosos, turistas y barcos. Sin embargo, el interior de la isla es sobre todo agrícola y rural, con grandes extensiones de campos de cereal, viñedos y rebaños de ovejas y cabras. 

En esta zona se ven sobre todo casas de campo y campos de cultivo. Por la noche la oscuridad es total, con un cielo lleno de puntitos brillantes y un concierto de grillos como única compañía.

Descubro un paisaje de bosquecillos de pinos y lentiscos, zonas montañosas de grandes piedras, con blancos y delgados molinos de viento que rompen el silencio con sus aspas. Este año dicen que ha llovido muy poco, pero yo sólo veo árboles de un verde profundo muy cerca de la playa. El mar está rizado y la espuma blanca corona las olas, que tienen un color turquesa y azulado. Un pequeño barco de vela se mueve rápidamente a lo lejos, aprovechando el viento y las corrientes. Aquí siempre sopla el maestral, un viento que viene del mar y que los pescadores saben que cambia a primera hora de la tarde.

El sol va marcando las horas. Los pescadores que salieron temprano con las barcas vuelven al pueblo a almorzar. Con unas botas altas que les llegan hasta las rodillas, unos cuantos recogen almejas. “Estas van para casa”, me comentan riendo mientras echan la bolsa en la cesta de una vieja bicicleta. Ñii Ñii Ñii el ruido de la bici oxidada alejándose se oye hasta que llega al final de la calle.

Algunos hombres remiendan o limpian las redes sentados a la sombra de un  tronco retorcido. Antonio tiene ganas de hablar hoy. Es un hombre grande y luce un poblado bigote. Agachado sobre la red, sus dedos hábilmente van cortando los trozos enredados, preparándola para el día siguiente.

– ¿Española? Mi hermano se casó y vive en España. Yo he ido varias veces a verlo. No se está mal, aunque me gusta más vivir aquí.

Los pescadores que voy encontrando son hombres que rondan los 50 o 60 años, hay muy pocos jóvenes trabajando, y supongo que serán hijos o parientes que están en el negocio familiar. Las únicas mujeres que hay están en la cocina y en los bares del pueblo.

El bar de Lucio es el lugar de encuentro. Allí paran todos para tomar un café, un dulce, o ya más cerca de la hora de comer, beber una cerveza. Valentina es la hija de Lello. Tiene el pelo largo y oscuro y se la ve nerviosa. Trabaja de camarera y sirve los cafés a su padre y sus amigos mientras bromea con ellos, un poco gruñona. Dentro de un rato tiene que recoger a su hijo pequeño del colegio y esta mañana anda muy atareada.

La pesca del día se lleva a una pequeña pescadería que se encuentra a pocos metros de la orilla, o directamente a los restaurantes que la van a preparar esa misma mañana. Mejillones, almejas y pescado fresco suelen estar en la carta de las cocinas de la zona y conforme va avanzando el día, vecinos y visitantes van ocupando las mesas. El olor de la comida llena el aire y abre el apetito. Suena una radio de fondo con canciones en inglés, pero todos los que están aquí son italianos.

Angelo trabajaba antes como albañil, pero ahora es representante comercial de una importante empresa pesquera. “Me va bien, no me puedo quejar. Aunque yo sé lo que es la vida dura, ¿eh? Antes de esto trabajé muchos años como Lello”.

Piel morena y pelo bien peinado, ronda los 50 años. Es de la zona, viste elegantemente y lleva un reloj en la muñeca. Sus compañeros de mesa han empezado ya a comer. Tienen las manos callosas, uñas negras y alguno va descalzo, acostumbrados a pasar la mayor parte del día en el mar. Mientras devoran los platos que van saliendo charlan en sardo, el dialecto de la región, una mezcla de italiano con la herencia de palabras que fueron dejando los diferentes colonizadores de la isla.

A Cerdeña su insularidad le da cierta tendencia a la autosuficiencia, a producir un poco de todo para subsistir sin depender del exterior. Aún hoy, las cosechas, los vientos o las corrientes marcan el paso del tiempo, mientras que el sol y la lluvia guían el día a día de muchos de sus habitantes.

La patrona del pueblo es la Madonna de Bonaria (La Virgen del Buen Aire), porque aquí el mar y el cielo están irremediablemente unidos. Aquí todavía se mira al cielo al atardecer y se hacen previsiones para el día siguiente: Rosso di sera, bel tempo si spera, dicen. Esto es Marceddi, el pueblo donde los peces vuelan.