Amanecía en Granada. Un grupo de gente somnolienta bostezábamos mientras subíamos al autobús que nos llevaría a Algeciras. Y de ahí, cruzando en ferry el Estrecho de Gibraltar, a la ciudad de Ceuta y la playa del Tarajal.

Cientos de personas venidas de diferentes partes de España se daban cita el sábado 7 de febrero en la II Marcha por la dignidad. En memoria de los 15 inmigrantes que murieron hace ahora un año en la playa del Tarajal, en Ceuta.

Esa misma mañana, los periódicos anunciaban que la Audiencia Nacional devolvía al juzgado de instrucción número 6 de la ciudad autónoma la causa por esas 15 personas fallecidas. Ese tribunal no se consideraba competente para conocerla. Unos meses más tarde se pasaba página sobre una de las actuaciones más discutibles y que más quejas ha supuesto hacia el Ministerio de Interior y la Guardia Civil en los últimos años.

Salimos de Granada temprano. Aún se veía el hielo sobre los campos y en las cunetas de las carreteras. Hace frío y unas nubes negras no presagian una mañana muy soleada. La Asociación pro Derechos Humanos de Andalucía había organizado el viaje. Lo que más llamaba la atención era que principalmente había gente de mediana edad.

Señores y señoras con inquietudes que habían dejado sus ocupaciones una tranquila mañana de sábado para participar en la marcha, denunciando la impunidad de los hechos que conmemorábamos. No dejaba de ser curioso que los jóvenes éramos minoría, aunque cuando nos fuimos encontrando los diferentes grupos, buscando un bar donde comer algo antes de empezar la marcha la cosa se equiparó.

Llegamos a Algeciras a media mañana con un cielo gris y llovizna todo el tiempo. Ceuta nos esperaba con esa riqueza que tienen las ciudades que son puerto de mar, entrada al Mediterráneo y al continente africano. Historia y cultura juntas. Y en este caso, escenario de tristes sucesos. La lluvia se fue y a las 16 horas nos encontramos todos en el CETI para comenzar la marcha.

La ciudad, que por regla general está llena de militares, policía y guardias civiles, en esta ocasión no iba a ser menos. Fueron controlando y acompañando a la marcha durante los 6 kilómetros hasta la playa del Tarajal. Justo al lado de la frontera marroquí.

En un principio parecíamos un grupo de locos. Un escaso centenar de personas con carteles y pancartas entonando consignas. Lo bonito fue ver cómo se iba sumando gente de todas partes.

Los mismos inmigrantes de CETI, con su tarjeta identificativa que les permitía entrar y salir del centro. Grupos de chicas musulmanas con velo, muchos jóvenes subsaharianos sacando fotos con los teléfonos móviles. Hombres y mujeres de diferentes edades y procedencias, alguna que otra madre con sus hijos, asociaciones pro derechos de los inmigrantes, grupos de estudiantes y jubilados, una chica con un ramo de flores, gente con convicciones religiosas, políticas y personales muy diversas; pero todos unidos por la idea de que la vida humana vale lo mismo, sea donde sea tu lugar de nacimiento.

Al llegar a la Playa del Tarajal impone ver la alambrada de la frontera. Justo al otro lado, tierra de nadie donde las gaviotas felices paseaban por la arena sin que nadie las molestase, y un poco más adelante, Marruecos.

La gente iba llegando y se colocaba junto a la valla. Con unas palabras en árabe y castellano y una canción se hizo un pequeño homenaje a las víctimas. Emotivo y cercano. Luego se colocó un cartel conmemorativo. Los cientos de personas que se habían ido sumando a la marcha nos agolpábamos en los últimos metros de tierra europea, pensando en los sueños truncados. En esas otras historias que estaban a solo unos metros de allí, pero sin documentos. Que unos volveríamos a casa tranquilamente, cruzando el mar cómodamente en un ferry, y que otros pasarían una noche más pensando cómo intentarlo. Cómo huir de la pobreza y la guerra buscando una oportunidad más allá de esa alambrada.

Unos días después llegaba la noticia. Habían imputado a 16 guardias civiles por los hechos del 2014 y que otras 300 personas habían fallecido intentando llegar a las costas europeas, esta vez en Lampedusa, al sur de Italia.

Jirones de sueños rotos. Vidas anónimas que se quedan en el camino intentando llegar a Europa. Reflexionando sobre la frase que habían dicho unos chicos que estaba también en la marcha. ¿Y si en vez de 15 subsaharianos desconocidos y pobres fueran 15 jugadores del Real Madrid?