Marruecos, ¿turismo sostenible?

Marruecos, hasta hace nada país exótico y en vías de desarrollo, se está convirtiendo en un actor importante en el norte del continente africano. En los últimos años ha desarrollado un crecimiento en diferentes aspectos, que lo hacen ser uno de los nuevos destinos favoritos para inversores extranjeros en África, a la vez que para los turistas. Del mismo modo, a finales de 2016 se celebraba en Marrakech una conferencia a nivel mundial por el Cambio Climático que reunía a grandes personalidades y proyectos centrados en este fenómeno global, donde también se aprovechaba para firmar la Carta de Turismo Sostenible y Responsable por Marruecos y una veintena de países africanos. ¿Pero hay realmente una conciencia social por el turismo sostenible, o es solo una moda pasajera?

Al llegar a Marrakech, a pesar de que el vuelo iba con retraso y era bastante tarde, el avión venía lleno de españoles. Me confirmó personal de la aerolínea que suele ser así todos los días: grupos de jóvenes, familias con niños pequeños y parejas de todas las edades. La plaza Jemaa El Fna y los puntos turísticos de la ciudad rebosaban de extranjeros, muchos de ellos europeos, y sobre todo asiáticos: chinos, japoneses, coreanos e incluso tailandeses. Jóvenes latinoamericanos, algunos de México, Colombia y Brasil también son frecuentes en las excursiones y viajes organizados.

La globalización aterrizó hace años en Marruecos, y podemos encontrar al encantador de serpientes que toca la flauta en la Plaza junto con un joven que vende móviles Apple falsificados.

Esa sensación de masificación, de turismo de masas sin control no acaba al salir de la ciudad. En el viaje al desierto de Erg Chebbi (Merzouga) coincidimos en el camino con decenas de coches o autobuses que también realizaban ese viaje organizado “para el turista”, siguiendo una ruta ya marcada que era la misma para todos: Restaurante, tienda de souvenirs, visita a la zona turística de turno, hotel.

Desde junio de 2016, los ciudadanos chinos no necesitan visado para entrar a Marruecos, y eso se nota sobre todo en el turismo, que de esta nacionalidad ha aumentado bastante, como confirma Rachid, uno de los guías de las excursiones organizadas. Hasta tal punto ha aumentado la afluencia de esta nacionalidad en Marruecos, que se llega a la situación de encontrar carteles de una tienda de productos típicos en árabe, francés y amazigh (bereber), y en cuarto lugar, un cartel en chino.

La escena de un grupo de jóvenes asiáticos, tapándose el rostro con gorras, pañuelos y gafas oscuras para no quemarse por el sol y sin despegarse de sus teléfonos móviles a la hora de comer es cada vez más frecuente no sólo en Marruecos, sino en numerosos países africanos.

Ahmad, uno de los encargados de las jaimas en el desierto marroquí, cuenta que lleva más de 12 años en este negocio y que el sitio no ha cambiado mucho, pero sí la gente que viene. Ellos reciben turistas los 365 días del año, de todas las partes del mundo. A veces pueden ser 7 personas y en otras ocasiones grupos de 30, y que incluso hay gente que viene a celebrar su boda allí. Como la suya, hay decenas de pequeños negocios que ofrecen la posibilidad a los turistas de pasar la noche en el desierto, en las fotogénicas dunas saharianas.

En la era de la globalización, todo el mundo viaja, y muchas agencias de viajes han visto un filón en la organización de excursiones y rutas turísticas. Pero, ¿a qué coste? ¿es realmente sostenible y viable a largo plazo este tipo de turismo?

En una especie de lucha por llegar el primero, por ver quiénes aguantan hasta el final sacando provecho de un recurso natural, lo que se ve es una competición brutal entre las empresas que viven de ello. Ofrecen los packs de excursiones a unos precios muy baratos, que atraen a un turismo de masas más interesado en subir a las redes sociales fotos que dejen constancia de los contrastes culturales, que en tener algún tipo de conciencia ecológica.

Existe demanda y mucha oferta en el mercado, y la empresa que más baratas ofrece las excursiones es la que más turistas lleva. En cierta manera recuerda a la explotación sin control de la costa española con la burbuja inmobiliaria hace algunas décadas.

El problema es que al bajar tanto los precios descuidan aspectos como la seguridad, el medio ambiente o los derechos laborales de los trabajadores.

Por ejemplo, al abaratar los costes al máximo, haciendo que un solo conductor tenga que conducir 600 km en una jornada de 8 o 9h del tirón, por carreteras de montaña a una velocidad muy por encima de lo recomendable, pone en peligro no sólo su vida, sino la de los pasajeros que transporta.

Del mismo modo, da que pensar que se tiren colillas de cigarros y botellas de plástico a la arena del desierto, que nadie diga nada ni se moleste en recogerlo, y que luego Marruecos se anuncie como destino eco-responsable. O la escena, un tanto surrealista, de que en una zona donde el agua es un bien preciado (¡es un desierto!), para uso de las jaimas se coloque un váter (occidental, con su cisterna y todo) que se nutre de agua de un acuífero subterráneo.

Está claro que crecimiento y desarrollo económico no van ligados necesariamente a una mejora a nivel social, pero se pueden encontrar iniciativas ciudadanas que dan la sensación de que desarrollo y conciencia ecológica pueden ir de la mano.

Ejemplo de ello son un grupo de chicos y chicas voluntarios, la Association des Jeunes de Tizgui, que estaban en la garganta de Tudra vestidos con chalecos reflectantes y grandes sacos de plástico, recogiendo la basura que la gente había tirado en el cauce del río.

Uno de ellos, Jamal, contaba que no recibían ayuda de ningún tipo, que ellos limpiaban esa zona porque era un sitio donde suele ir la gente a comer o a pasar el día y les gusta que esté limpio. El futuro de Marruecos y de tantos otros lugares que se han abierto de golpe a la llegada del turismo pasa por jóvenes como éstos.