Una vida entera dedicada a la educación de niños y jóvenes, y sobre todo centrada en aquellos más débiles, más desprotegidos y vulnerables de la sociedad, hacen de Enrique Martínez Reguera una referencia en el ámbito educativo.

Es un hombre entrañable, que parece mucho más joven que los años que tiene. Pelo blanco y sonriente, me lo encuentro sentado a la sombra de un árbol partiendo limas y echando cachaça en el recipiente vacío de una maceta grande. Va añadiendo azúcar poco a poco y a menudo prueba la mezcla para ver cómo le está quedando.

Tiene una voz tranquila, pausada, y mientras va preparando la caipirinha va contando historias de cuando iba a Brasil, un par de meses cada año, durante las últimas 4 décadas.

Enrique Martínez Reguera es un hombre peculiar. Pedagogo, filósofo, escritor… y una referencia clave en el ámbito de la educación, sobre todo con chavales conflictivos. Como él cuenta, empezó de maestro de escuela en el barrio chabolista de La Celsa, en Madrid. Al principio los padres y vecinos del barrio lo miraban raro, no se acababan de fiar de él, pero poco a poco le abrieron las puertas. “Allí organizaba lo que fuese para hacer actividades con los niños. Don Rique, me llamaban…”.

Ya en sus inicios como educador se dio cuenta de que le gustaba trabajar con niños y jóvenes con vidas complicadas, con esos chavales carentes de cariño pero llenos de problemas. “Al ver que se me daba bien –cuenta- empezaron a llamarme para que me hiciera cargo de muchos niños difíciles o provenientes de reformatorios. Yo siempre ponía 3 condiciones: Que el niño estuviera de acuerdo en venirse conmigo, que la familia también, y que como yo acogía en mi casa, en mi domicilio particular, las reglas las ponía yo, no un juez o un psiquiatra.”

Durante 40 años ha sido el “padre de familia” de 67 jóvenes, que hoy día le han hecho abuelo y recientemente, bisabuelo.

Guarda un especial cariño de todos ellos, muchos de los cuales son personas hoy día con una vida completamente normal, pero reconoce que no fue fácil. Ha convivido con jóvenes con diferentes problemas, que habían cometido delitos varios, o incluso con aquellos que los psiquiatras y el sistema consideraban ya como casos perdidos con sólo 10 años. Por la mañana ha estado en la Universidad, hablando con los futuros trabajadores y educadores sociales, animándoles a hacer su trabajo con vocación e interés, insistiéndoles en que no se dejen llevar por el sistema y que dignifiquen su profesión. Esta tarde, en un ambiente más íntimo, va  a hacer una charla con familias y educadores que pone fin al curso “Con los niños no se juega”, una formación que durante 10 años ha estado impartiendo, explicando su pedagogía y forma de trabajar.

Después, aún le quedan fuerzas para bailar samba, probar la caipirinha y relajarse contando anécdotas de su larga trayectoria profesional. Ante un público de unas 50 personas, va desgranando poco a poco sus 10 puntos (que acabará resumiendo en 9) para congeniar con los niños.

Hay gente que lo conoce de cursos anteriores, de talleres que han realizado con él, pero también hay quienes han venido interesados en escucharle por vez primera. Padres y madres le escuchan en silencio, mientras muchos pequeños juegan alrededor. “Yo aprendí todo lo que sé de los niños, ellos me enseñaron todo sobre libertad y educación”, confiesa, sonriente.

Su filosofía de trabajo es el fruto de una vida dedicada a los más pequeños y débiles de la sociedad. Partiendo de ello, va explicando su experiencia, insistiendo en que los niños son ante todo personas, y que tenemos que encontrar el punto de equilibrio en nuestra relación con ellos, replanteándonos muchas actitudes que tenemos.

Ceder, amar, ser paciente a la hora de obtener resultados, no poner límites más allá de los que nos pone la vida e intentar ponerse siempre en el lugar del niño son algunas de sus claves pedagógicas, que suenan a teorías hippies o alternativas si las comparamos con el sistema educativo actual.

Hay quienes pueden estar más o menos de acuerdo con su forma de trabajar, pero no deja indiferente a nadie. Su larga trayectoria profesional lo avala, sobre todo al dedicarse a un sector de la población tradicionalmente desatendido, vistos los resultados obtenidos después de décadas de trabajo y convivencia diaria con los jóvenes.

Lo cierto es que desprende una energía y una vitalidad que nadie diría que va camino de los 82 años. Después de verlo bailar incansablemente y de charlar con unos y otros, se sienta y pausadamente saca su pipa de madera. Mientras va realizando la ceremonia de limpiarla y cargarla de tabaco, cuando empieza a darle las primeras caladas aprovecho para preguntarle cuál es su secreto para tener tanta energía y parecer mucho más joven de lo que es. “Ser un niño y vivir entre niños”, confiesa sonriendo.