Si había una ciudad a la que le tuviera ganas, esa era Oporto…humedad, lluvia, callejuelas, rio Douro, bacalhau, vinho y buena compañía

Hacía tiempo que tenía ganas de conocer el norte de Portugal y esta ha sido una oportunidad para hacerlo. La forma más económica de llegar a Portugal desde España es, sin duda, por carretera. Coger el coche y hacer kilómetros. Para cuando no se dispone de mucho tiempo, ryanair es una estupenda opción.  A Oporto, la compañía irlandesa vuela directo desde Madrid, Barcelona, Valencia, Palma y las Canarias. Además, la comunicación del aeropuerto con la ciudad es estupenda, directamente con el metro.

Tuve la mala suerte de llegar un día nublado, húmedo y gris. Estuvo lloviendo sin parar. Un día de esos en que incluso a los que somos de clima seco y ansias de lluvia nos da pereza salir a la calle. Sorprendentemente a media tarde se despejó. Con un sol precioso y una temperatura que animaba a patearse la Ribeira y las callejuelas y cuestas del centro. Eso sí, al día siguiente volvió a amanecer lloviendo, aunque volvió a clarear por la tarde.

Oporto (o Porto), nace al paso del cauce del Duero. La ciudad se alarga hasta la desembocadura, cuando se mezclan sus aguas marrones con la espuma del mar. Oporto no se limita a la zona de la Ribeira, declarada patrimonio mundial por la Unesco, sino que crece hacia arriba y hacia los lados, transformándose con barriadas y zonas más industriales

El centro, que parte de la Avenida dos Aliados hacia el río, se va estrechando cada vez más, sorprendiendo con calles empinadas, adoquinadas y sombrías. La Rua das FloresRua de Mouzinho da Silveira o todas las que desembocan en la Plaza de la Catedral, el Pelourinho y el Paço Episcopal merecen la pena. Caminar y perderse por ellas. Descubrir que sales de pronto a un mirador o encontrarse unas escaleras interminables. Llegar a lo alto del puente Luis I, cruzarlo y ver la perspectiva de la ciudad desde Villa Nova de Gaia. Son recorridos llenos de turistas donde se mezclan palabras en castellano o inglés, con un acento brasileño o la música de un fado que suena desde la ventana de una casa.

Aún así, el centro de Oporto es más que eso. Es una mezcla de decadencia y de edificios ruinosos que conservan a la misma vez la altivez de tiempos mejores. Iglesias recubiertas de azulejos donde se reflejan los rayos de un sol que juguetea con las nubes. Flores en las ventanas y tejas naranjas cubiertas de una capa de humedad.

Lo hermoso de la ciudad es alejarse de las zonas turísticas y verla en la distancia. Ver cómo la piedra gris hace contraste con los azulejos de las fachadas, verla desde lo alto y descubrir a las gaviotas gritando y escondiéndose entre los tejados y a los gatos dormitar en los portales.

Avanzar, intentar ver Porto con los ojos de un tripeiro y centrarse en esos detalles que la hacen única 

Tomarse un vinho de oporto en una terraza conversando de fútbol y política. Hacerse entender en una mezcla de portañol. O simplemente sentarse a mirar el río y toda la vida que se genera a su alrededor.

Portugal tiene fama de barato, y en cuanto a comida se refiere, si nos alejamos de la concurrida zona turística, se comprueba que por un precio muy económico se almuerza muy bien. Para muestra, por 6 €, si, 6 euros, aunque pensé que había entendido mal, pueden comer y beber dos personas muy bien en un pequeño bar que hay pasado el Ponte da Arrábida.

Uno de los lugares más sorprendentes en la ciudad fue el museo de arte contemporáneo de Serralves (Rua de Serralves, entrada general 3-7€ para estudiantes gratuita). No por las obras de arte que albergara, que a mi personalmente no me gustaron, para muestra una pala de jardinero gigante que se exponía en el exterior, sino por el precioso jardín que tiene. Un jardín con gran variedad de árboles, un lago y hasta una pradera con vacas y varios burros que pastaban tranquilamente.

Visitar el museo de arte contemporáneo en primavera fue un acierto, todo verde y lleno de flores, y el Parque da Pasteleira que está muy cerca también.

Un sitio que también merece la pena, eso sí, ¡atención al viento!, es llegar hasta la desembocadura del Duero. Hay un faro y una avenida que nos lleva hasta el Parque da Cidade, y si seguimos un poco más hasta Matosinhos. En verano esta zona debe de ser bastante turística y exclusiva. Ahora solo hay grandes palacetes vacíos y una playa descuidada.

Es curioso que el aire no trae el típico olor a salitre. Se nota la humedad pero no el olor a puerto y sal. Aún así, si el día está soleado, se puede hacer andando. Hay un estupendo carril bici de 12km, o coger el tranvía y caminar un poco.

Para volver a Porto, en la Plaza Gonçalves Zarco se cogen varios autobuses que nos llevan al centro por la Rua Boavista. También podemos coger en Matosinhos la línea de metro.

La iglesia de Trindade y la de Lapa con su precioso cementerio. Visitar el Mercado de Bolhão y parar a tomarse un vinho verde y unas croquetas de bacalao. Ver la Estación de San Bento con sus impresionantes azulejos que recrean pasajes de la historia de Portugal. Callejear por la zona de la Universidad buscando una pousada para comer algo. Disfrutar de las vistas del atardecer en el miradouro de Vitória. Visitar unas bodegas… . Si te apetece salir, por la zona de la Universidad hay muchos bares y buen ambiente. Todo depende del tiempo que tengamos ¡y del calzado que llevemos, porque eso si, toca andar!