Las fronteras pueden ser líneas dibujadas sobre un mapa, verjas y alambradas que separan dos realidades, muros de cemento o barreras naturales. Hay algunas que nunca se abren y otras por donde transitan a diario miles de personas. Hay tantas como países limítrofes, y siempre, el intentar cerrarlas y limitar su paso conlleva crear situaciones de desigualdad. La frontera entre Estados Unidos y México no es de las más desiguales del mundo. En términos económicos ésta se encontraría en el Mediterráneo entre las ciudades españolas de Ceuta y Melilla frente a Marruecos. Sin embargo, la frontera norteamericana es una de las más mediáticas y conocidas.

A diario cientos de personas, provenientes sobre todo de países centroamericanos, intentan cruzar la frontera entre México y Estados Unidos de manera ilegal. Son los llamados “espaldas mojadas”. Según datos de 2012, en ese año había en Estados Unidos una población estimada de personas indocumentadas de 11’2 millones. Un 3’5% de la población total. Dependiendo de la política migratoria estadounidense hay épocas con mayor o menor afluencia de irregulares. Es un goteo constante que no cesa.

A lo largo de su camino desde sus países de origen, los migrantes sufren penurias de todo tipo.  Expuestos a las redes de tráfico de personas, aparte de las limitaciones y restricciones que suelen acompañar su recorrido.

También se encuentran con pequeñas redes y albergues que se van construyendo a lo largo de las rutas más transitadas para prestar apoyo a estas personas. Generalmente regentados por instituciones o personas vinculadas al ámbito religioso, o por ONG’s locales. “Las Patronas” forman uno de esos puntos de apoyo, conocidas por su labor desinteresada a favor de los migrantes.

Son un grupo de señoras menudas. De fisonomía anodina y tranquila. Pero bajo esa apariencia de fragilidad esconden una gran fuerza y decisión. Mujeres con una fe y una voluntad que les hizo embarcarse hace ya 20 años en el proyecto solidario de ayudar a cuantos migrantes se cruzaran diariamente en México intentando llegar a los Estados Unidos.

Norma Romero y otras 14 mujeres de su familia vieron en esta labor que realizan altruistamente una manera de servir a Dios. A ella se dedican como una rutina dentro de su vida diaria.

En un México marcado por la violencia y el narcotráfico en los últimos años, el día a día de estas mujeres es una lucha constante contra la incongruencia de las fronteras y de respeto por los derechos humanos. Son un ejemplo de solidaridad sin distinciones. Movidas por su fe y como dice Norma Romero, actuando con la idea de “servir, conocer al hermano migrante, y sobre todo, respetarlo”. Empezaron en 1995 y a día de hoy forman una red por todo México con más de 40 albergues y comedores. A estos locales acuden migrantes de perfiles muy diversos. Pero todos con el objetivo de cruzar la frontera con EEUU en busca de un futuro que en sus países no encuentran.

Junto con el sacerdote Alejandro Solalinde, fundador del albergue para migrantes “Hermanos en el camino” , son una de las caras más reconocidas por su labor de promoción y defensa de los derechos humanos en México. “Es muy complicado el tema de la migración. Todo lo que viven los hermanos migrantes para nosotras es doloroso porque lo vemos a diario. Todos los días estamos allí a la orilla de las vías, esperando que pasen para darles un poquito de esperanza. En 2010 empezamos a atender a 600 personas, y fue aumentando. En 2012 llegamos a atender a más de 1000 personas en La Bestia (…)

Estas personas cruzan de manera ilegal fronteras. Abocados a buscarse una vida mejor, son considerados mercancía, víctimas de las mafias de tráfico de personas, de secuestros y extorsiones. Esta realidad se produce en todo el mundo. Pero las rutas migratorias hacia EEUU son un goteo incesante desde hace décadas, sobre todo de personas provenientes de Centroamérica.

Su historia se contó hace unos años en el documental “El tren de las moscas”, donde se ve cómo lanzan a diario unas 200 raciones de comida a las personas que cruzan el territorio mexicano a bordo de “La Bestia”, un tren de mercancías. Colgadas de las barandas, sin ningún tipo de protección o sujetas al techo y los vagones, cientos de personas cruzan diariamente México, con el objetivo de llegar a la frontera e intentar alcanzar el sueño americano cruzando a los Estados Unidos.

Estas mujeres menudas, que toman el nombre de “las patronas” por el barrio del mismo nombre de la ciudad de Amatlán de los Reyes, en Veracruz, llevan dos décadas coordinándose a diario para cocinar y preparar alimentos. Los embalan en bolsas y con gran habilidad intentan repartir entre los que se atreven a subirse, lanzándolas a un tren que no baja la velocidad en ningún momento. Alimentan, acompañan y motivan. Prestando su apoyo a las personas que menos tienen pero que más se les saca provecho.

La fe que demuestra Norma en lo que hacen la trasmite cuando dice que “No ha sido fácil. Pero Dios nos ha ayudado. Ha puesto en nuestro camino gente que se ha solidarizado. Que nos ha dicho ¿cómo te ayudo?. Eso nos ha ayudado muchísimo. Es gracias a todas esas personas de buen corazón que la labor se sigue realizando.”

Hace dos años, Las patronas vieron reconocido su trabajo en México con el premio Nacional de Derechos Humanos 2013. Este año han sido candidatas a los premios Princesa de Asturias de la Concordia. Aunque no se les ha concedido finalmente, ha servido para darle más visibilidad en este lado del mundo a su lucha por los derechos humanos de las personas migrantes.

A pesar de todos estos premios y reconocimientos, como dice Norma “la fe es la que nos ilumina, la que nos impulsa a ser mujeres de lucha. Lo más bonito de todo es la satisfacción de ayudar a 5, a 10, a 1 persona. Eso te hace sentir viva. Te anima a luchar”. Ellas continúan impasibles a todos esos reconocimientos. Continúan realizando diariamente su labor voluntaria de ayudar y alimentar a todas las personas migrantes que se cruzan a bordo de ese tren.

Esta pequeña mujer cuenta cómo su intención es seguir poniéndose en los zapatos del que está padeciendo. Seguir involucrándose. “Mientras haya necesidad por los otros, ahí vamos a estar”. De una manera indirecta da a entender que la realidad migratoria es producto de la sociedad actual y de los sistemas políticos que gobiernan. “En nuestras comunidades no hay trabajo. Tampoco se hace nada. Muchas veces los jóvenes se ven abocados al crimen organizado como única alternativa. Hemos visto familias enteras o niños de 12 o 13 en La Bestia”.

Su voz es una crítica, pero también presenta una pequeña esperanza. “Una llamada a la colaboración. A que la juventud junto con la sociedad civil trabaje junta por un fin común. Convertir la compasión en indignación”. La realidad nos muestra que no existen fronteras cuando una persona está dispuesta a jugarse la vida por un futuro mejor. Más aún cuando no tiene nada que perder.

Más información sobre “Las Patronas”.

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Documentales sobre las patronas.

Fotoreportaje en PlanetaFuturo, El Pais (Pep Companys).

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