He encontrado en Portugal un rincón donde perderme gustosamente por una temporada: Castelo de Vide.

Castelo de Vide es un pequeño pueblo de Portugal, situado en el Alto Alenteho, cerca de la frontera española con la provincia de Cáceres. Pertenece al Conselho de Portalegre, y tiene unos 4000 habitantes.

Para llegar a Castelo de Vide desde España las mejores posibilidades son: En tren hasta Marvao (un pueblo a unos 12 km, y de alli coger un taxi). El nocturno/tren cama que hace Madrid-Lisboa para por Marvao a las 03:30h.

En coche desde Cáceres, dirección Valencia de Alcántara/ Portugal. Se tarda 1h 30min/2h. y fue la opción que elegí yo.

También se puede ir en avión hasta Lisboa y luego atravesar Portugal entero, pero obviamente, es mucho más recorrido.

Lo que hace de Castelo de Vide un lugar especial de Portugal es que tiene el encanto de los pueblecitos pequeños. Parece que la moda de edificios altos e impersonales no ha hecho mella en él. Mientras paseaba por sus calles tenía la sensación de que el tiempo se hubiera detenido 50 años atrás. Si me dejaba llevar por la imaginación podía ver sin mucha dificultad a la gente con mulas y carros por sus callejuelas. Por las noches el alumbrado en las calles es más bien mínimo. Cada vez que giraba por un callejón oscuro me imaginaba que iba a salirme de frente un encapuchado con capa y sombrero de los del S.XVII o un sereno con un farol en la mano.

Sus calles se mantienen prácticamente igual, conservando el encanto de los municipios de la zona, tanto extremeña como alentejana. El mayor placer, junto con hacer una parada de madrugada por el horno del panadero cuando volvía al hotel y te encontrabas el pan recién hecho, es perderse por la zona antigua y los alrededores del castillo. 

Asimismo la gente del pueblo no solo habla un estupendo español, sino que hacen todo lo posible por que te encuentres a gusto allí. Se agradece mucho la hospitalidad que ofrecen.

Es una región muy húmeda y verde. En general muy tranquila. Por la noche hay un silencio total en sus calles. Si hace buen tiempo es el momento perfecto para pasear. En verano el pueblo dicen que se anima más. Hay muchos alojamientos para turistas, piscinas,… . Durante el resto del año es un sitio súper tranquilo y relajado.

Merece la pena dejarse perder por sus callejuelas, por la judería, el castillo o la fonte de la villa. Descubrí que lo mejor era llevar un buen calzado, ¡nada de tacones!. Para llegar al castillo teníamos que atravesar todo un barrio construido dentro de la fortaleza, en la parte alta del pueblo y cruzar también por las ruinas de la muralla. Toda esta zona está habitada, y literalmente se conserva como cuando se construyeron las primeras casas del pueblo.

Pasear una noche de primavera por ahí y por las ruinas del castillo es el escenario perfecto para contar historias de miedo. Aún así, merece la pena, porque desde un mirador cercano pude ver toda la región, incluso a lo lejos España. Las vistas son realmente espectaculares, también de noche. Y el aire fresco que corre hace que te olvides de todo el camino hasta llegar allí.

Al cerrar los ojos allá arriba podía oír el murmullo del agua de una fuente cercana, algún ave nocturna salir a cazar, y el olor de la tierra húmeda. ¿Qué más se puede pedir?

Me quedó por ir a la ermita de la Senhora da penha, desde donde me dijeron que hay buenas vistas, pero acababa reventada después de cada día y está bastante lejos del pueblo.

En el tema de alojamiento pasé la primera noche en Hotel “Casa do parque”, en Avenida de Aramenha. Un sitio pequeño y acogedor sin ascensor. Lo principal fue en el momento de la cena. En el restaurante del hotel nos sirvieron unas patatas con carne y salsa que realmente fue lo mejor que he probado en mucho tiempo. Además, ponían unas cantidades generosas, de esas de madre de familia numerosa, que por mucho apetito que tuviéramos y con todo nuestro dolor no pudimos terminar. Todo acompañado por un vino dulce y las siempre presentes aceitunas y mantequilla que te ponen en todos los restaurantes de la zona. Dejan una muy buena impresión a todo viajero que llega con hambre.

Aún siendo un sitio muy tranquilo, como todo pueblo de la Península Ibérica existen bares donde se reúnen los jóvenes (y no tan jóvenes), pudiéndose animar la cosa si hay gente predispuesta a ello. Y los camareros y autóctonos siempre se apuntan. Uno de estos sitios en los que mientras estuve allí hice parada obligatoria para tomarme una Sagres (la cerveza portuguesa) es el Flamingo.

En el centro hay un par de pequeñas tiendas de productos típicos, pero bastante caras, alguna farmacia, un par de supermercados para comprar lo básico, Correos… . El horario que tienen es muy limitado. A las 19h. o 19:30h suele cerrar todo y más de una vez cuando llegué estaba ya la persiana echada. Para compras grandes o de cosas muy concretas descubrí que lo mejor es ir a Portalegre, a unos 35min.

Después estuve en el Hotel “Castelo de Vide”, más moderno y con piscina, aunque la cocina no estaba al nivel del otro sitio, con gran pesar gastronómico por mi parte.

Estuve también en Marvao, con la parte antigua en lo alto de una colina. Tiene un castillo desde donde se domina todo el valle. También estuve en Portoalegre que es donde se encuentran las tiendas, comercios y todo lo que se necesita de administración. Para ver y visitar no tiene mucho. Me quedó por ver el menhir de Meada, que aparte del nombre y las sonrisas que supone para cualquier español dicen que es el más grande de toda la Península Ibérica.

Recomiendo, por si alguien quiere probar la comida típica, que pida “migas”. Un plato típico de aquí, hecho con una especie de puré de patatas y carne. Bastante especiado. Como todo lo que probé durante mi visita, dejó el listón gastronómico de la región muy bien situado.