Recife es la ciudad más grande de todo el nordeste brasileño, con una población de casi 4 millones de personas en su región metropolitana. Capital del estado de Pernambuco, para llegar a ella por carretera es necesario armarse de paciencia: siempre hay atascos interminables que ralentizan el tráfico a la entrada y salida de la ciudad.

La ciudad recibe su nombre de los arrecifes que rodean su costa, parando las olas del océano y creando una serie de piscinas naturales, canales y ríos navegables.

En su origen, la ciudad surgió sobre una pequeña isla (que hoy es Recife centro o la parte histórica de la ciudad). Fundada por los portugueses, tuvo también una breve colonización holandesa, que estuvieron en esta zona durante poco más de 20 años. Posteriormente, y después de duros enfrentamientos, fue recuperada por Portugal, que se dedicó sobre todo a la explotación de la caña de azúcar, trabajada por mano de obra esclava.

Recife es hoy una ciudad  donde se mezclan con total naturalidad los ritos del candomblé africano con el sincretismo cristiano, al sonido de la percusión del maracatú con las piruetas de los capoeristas o el redoble de campanas de alguna iglesia.

Un gran porcentaje de la población es negra o mestiza, herederos de los antiguos esclavos africanos, mezclados con las poblaciones indígenas y con los colonizadores, y parece que poco a poco en la sociedad se va recuperando con orgullo esa parte de las raíces brasileñas.

El emblema de Recife son los cangrejos (caranguejos), que los hay a cientos en los manglares del río Capibaribe, que atraviesa zigzagueante la ciudad. Por la mañana los pescadores van con sus redes a pescarlos, y se pueden encontrar en casi todos los mercados o restaurantes cocinados de formas diferentes.

Es curioso, pero tiene gran presencia la etapa holandesa, que aunque fue muy breve permitió la libertad de culto e hizo que muchos judíos europeos emigrasen a Brasil, trayendo riquezas y crecimiento. A nivel arquitectónico la etapa holandesa fue intensa, dejando puentes y edificios por la zona antigua, que aún se mantienen y se pueden visitar.

Paseando por el centro se pueden ver bonitas iglesias coloniales como el Patio de São Pedro o la Igreja do Carmo, mercados callejeros como el del barrio de São João, un lugar donde se puede comprar desde ropa interior, menaje para casa, trampas para ratones o juguetes para niños; o el Mercado de São José, de comida y artesanías típicas del nordeste pernambucano. El centro es muy bonito: edificios coloniales y aceras empedradas hacen que la zona histórica recuerde a las calles de Lisboa, pero siempre con un toque tropical que recuerda que se está en el hemisferio sur.

Por la noche el esa zona se llena de gente joven. Fiesta, música en directo, ambiente alternativo, grupos de personas patinando o tomando una cerveza en la calle.

También es la zona más turística, con alternativas de ocio y cultura que no tienen nada que envidiar a muchas ciudades europeas.

Aunque está considerada como la 37 ciudad más peligrosa del mundo, y en ella te encuentras gran número de policías por la calle, la realidad es que el centro, una pequeña isla, es fácil de controlar y se puede ir andando por la calle.

Recife tiene calzadas ruidosas, algunas adoquinadas. En otras la acera es inexistente. También se pueden encontrar coches, motos, autobuses, animales de carga, niños y familias enteras viviendo en la calle o puestos de comida ambulante.

La calle es vida durante el día, pero por la noche -excepto la zona centro, segura y controlada por la policía- se queda desierta. Al ver sobre un mapa la extensión de la ciudad, se puede ver cómo ha ido creciendo y extendiéndose en barriadas, favelas y comunidades a lo largo de kilómetros (que forman la región metropolitana), comprobando que la zona histórica es un puntito ridículamente pequeño en comparación con el resto.

Es en estas barriadas donde vive la mayoría de los habitantes de Recife. Muchas de ellas sin asfaltar, otras tantas sin luz, agua o alcantarillado, es en ellas donde está la vida diaria. El mes que viene son elecciones municipales en la ciudad, y se nota el bullicio previo. Seguidores de diferentes partidos se visten con los colores y emblemas de su partido y se colocan con banderas o cantando eslóganes y canciones en las rotondas de la ciudad.

Con resignación dicen los habitantes de los barrios más humildes que ahora sí que se acercan los políticos a sus calles -aunque sólo a las principales y mejor acondicionadas- a prometerles mejoras, arreglos varios…para luego desaparecer hasta dentro de cuatro años.

Ciudad de contrastes, colorida y alegre. Famosa por el gran número de ingenios azucareros que tiene, se pueden ver desde la carretera las verdes extensiones de caña de azúcar. Tiene a la vecina Olinda muy cerquita, una preciosa ciudad colonial y turística, conocida por su carnaval con figuras de gigantes y cabezudos.

Las playas de esta zona del nordeste son de aguas azules, y aunque en algunas está prohibido el baño por la presencia de tiburones, otras son más orientadas a los turistas como Porto de Galinhas y no tienen ningún peligro.

Recife es una ciudad de contrastes, donde las raíces africanas de Brasil se mezclan con la cultura europea y de las poblaciones indígenas, muy interesante para conocer la realidad del nordeste de Brasil.