Recorriendo la isla de los conejos por carreteras secundarias (1)

La isla de los conejos dicen que tiene forma de caballito de mar invertido. En realidad está llena de volcanes, de pequeños cangrejos blancos y de enormes murallas de lava donde se estrellan las olas. Es una isla que mira a África y donde de noche el cielo se llena de estrellas. Una isla para saborearla sin prisas por las carreteras secundarias.

Son las 19h y el pueblo está en silencio. Estamos en invierno, y aunque aquí el clima es cálido todo el año, sopla un aire fresco que invita a subirse la cremallera de la chaqueta para salir a la calle. Hace casi una hora que el sol se escondió y no hay nadie por la calle. Las tiendas hace ya rato que cerraron y solo permanecen abiertas la farmacia 24h y el bar junto a la iglesia. En la tele pasan un concurso de preguntas con un presentador de sonrisa estúpida. El camarero tras la barra controla el tiempo y enseguida cambia al partido. Las Palmas-Alavés, creo. ¿O eran Las Palmas-Athletic? La clientela tiene una media de edad entre 50 y 60 años, y entre cafés con leche, cañas, chatos de vino y algún chupito de licor se pone falta a la presencia femenina. Estoy en Lanzarote, la isla más septentrional del archipiélago canario y también una de las más tranquilas.

Un gato cruza la plaza vacía. Al fondo, no muy lejos, las montañas del fuego duermen un sueño del que pueden despertarse en cualquier momento, aunque eso no parece importarles a los habitantes de Yaiza, este pequeño pueblo con nombre de reina mora.

Es impresionante verlas de día, rodeadas de kilómetros de lava rojiza y negra, majestuosas e imponentes, pero ahora de noche la oscuridad es total y se funden con el paisaje. De camino a casa todo es silencio. El ruido del viento en las ramas de los árboles y un cielo oscuro y cuajado de estrellas. Un coche pasa y por unos segundos se oye la música del interior. “Des-pa-ci-to, suave suavecito…” Sonrío al pensar que así es el ritmo en esta isla. Pausado, tranquilo, sereno.

Luca es italiano. Vivía y trabajaba con su mujer y las dos hijas de esta en un pequeño hotel en la Toscana, y hace 6 meses decidieron lanzarse a cumplir su sueño.

Siempre habían querido vivir aquí y la oportunidad les surgió de la mano de unos compatriotas que habían montado varios negocios. No se lo pensaron mucho, primero vinieron Luca y Silvia, y a los pocos meses, las dos niñas, que ya han empezado el colegio y el instituto aquí. Luca es bajito, tiene la piel morena y unos intensos ojos azules. Cuando habla, aún mezcla palabras españolas e italianas. Con cierta melancolía habla de Marcella, la perra que tuvieron que dejar en Italia en casa de una amiga que vive en el campo. “Te das cuenta de que tu vida cabe en un coche”, cuenta recordando el camino que hicieron en coche hasta Huelva, y de ahí en ferry hasta la isla de Lanzarote.  Fue su luna de miel. Cuando se casaron se pusieron a trabajar al día siguiente, y no habían podido hacer un viaje los dos solos, cuenta mientras prepara los desayunos. Luca trabaja de encargado de una casa rural en Yaiza, mientras su mujer está en un café de los mismos dueños en Playa Blanca, la zona más turística. Por las mañanas deja a las niñas en clase y va directo a trabajar. “Soy feliz…me gusta el ritmo y el estilo de vida de esta isla. Habíamos soñado con vivir aquí antes, pero jamás pensamos que se hiciera realidad.”

En Yaiza el ritmo de la vida parece que lo marca el sol. Por la mañana temprano hay algo más de ambiente: obreros arreglando una calle, señoras haciendo la compra, el policía local que hace su ronda… pero en cuanto oscurece el pueblo se queda vacío, como abandonado. Hablando de esto con la señora que trabaja en la oficina de cultura del cabildo me dijo que la gente que vivía allí se iba a sus casas y hacía vida en el interior, entre sus cuatro paredes. Además, ahora están preparando el carnaval y tienen ensayos. Me dio la llave de la biblioteca del pueblo y allí pasé un rato, hojeando los libros de esa pequeña habitación.

En una esquina la foto en sepia de un señor muy serio, y en el centro una máquina de imprenta antigua con dos rodillos sobre una mesa de madera oscura. En las paredes algunos libros de texto, cuentos infantiles y un mapa de las islas.

La puerta está abierta y entran un grupo de jubilados alemanes. Me miran y me dicen algo en alemán.

-Lo siento, no entiendo…

-Perrdón, me contesta una señora con el pelo blanco y pantalones cortos.

Al poco, un hombre mayor y un chico más joven se asoman.

-¿Es usted la bibliotecaria, señorita?

Yaiza es el pueblo más tranquilo que conozco, pero la biblioteca está bastante transitada.