Recorriendo la isla de los conejos por carreteras secundarias (2)

Recorrer con el coche la isla de norte a sur se hace en poco más de una hora, pero es mucho más entretenido hacerlo tranquilamente, sin prisas. Ya lo hizo con el interior de España Alfonso Armada, uno de los grandes periodistas españoles, y esa es la idea latente. Pararse en un pueblo a hacer una foto o tomar un café, cambiar de planes sobre la marcha porque en la radio avisan de un campeonato de lucha canaria, detenerse a charlar con el cura del pueblo o ir en la búsqueda de la señora que tiene las llaves de una iglesia y quiere enseñártela.

Descubrir Lanzarote es también conocer a Cesar Manrique, un hombre con una mente brillante que se fue demasiado pronto, y que tiene la casa más bonita que he visto en mi vida. Una mezcla de tradición, sostenibilidad y una conciencia social y medioambiental profunda se dan la mano en todas las obras que fue dejando por la isla, como pequeñas semillas dispuestas a germinar.

En la ruta por la isla visito la Cueva de los Verdes, que ni es verde, ni es recomendable hacer con un grupo muy numeroso, porque pierde todo el encanto. Los Jameos del Agua, donde es muy fácil imaginarse una fiesta –¡pfff y cómo sería! – entre esas piscinas, barras y el auditorio, o el Jardín de los Cactus, una idea tan simple como bonita.

La presencia de Manrique está por toda la isla, desde el Mirador del Río donde se ve la isla de la Graciosa al norte, al Monumento al Campesino, una enorme escultura de color blanco en la zona de la Gería con sus viñedos sobre lava.

De norte a sur y de este a oeste, Manrique se camufla y potencia lo que naturaleza ha creado en Lanzarote. En el restaurante circular en las Montañas del Fuego o en los Hervideros, un espectáculo de piedras y cavidades por donde pasa y salpica el mar. Da la sensación de que toda la isla es un tablero donde la mente de este artista (porque arquitecto y pintor se le quedaba corto) imaginó atracciones, como si se tratara de un parque temático.

Pero Lanzarote es más que eso. Es la brutalidad de la naturaleza que te hace sentir muy pequeña cuando te asomas al cráter de un volcán, o cuando ves los cientos que hay dormidos en Timanfaya –y que pueden ponerse en erupción en cualquier momento–.

“Miren, miren como sale el vapor del agua disparado” gritan los guías del Parque Natural cuando le hacen las demostraciones a un grupo de turistas jubilados. La parrilla sobre una grieta de donde sale el calor de la tierra es otra de las atracciones estrella del lugar, donde se agolpan los diferentes miembros de una familia para ver cómo se tuestan los trozos de carne. Más allá, los kilómetros de lava. La hay negra, roja, color marrón… con bordes puntiagudos o redondeados, hueca con agujeros o con apariencia de melaza o miel espesa, pero siempre dura y rígida, cortada a los bordes de la carretera, como si se parara para dejar paso al camino y luego seguir fluyendo. Andar campo a través es imposible en muchas zonas, y no logro imaginarme a los piratas que llegaban aquí. ¿Cómo lo harían para atravesar estos campos?

Nuestra Señora de los Volcanes no se llama así. Para empezar, en realidad, es un cuadro de la Virgen de los Dolores. Pero le pusieron ese nombre porque cuentan que detuvo las lenguas de lava un poco antes de llegar al pueblo de Mancha Blanca.

Allí donde se paró la lava, a los años construyeron una iglesia. Loli Toribio, como lo fue su madre, su abuela y su bisabuela, es la encargada de abrir, cerrar y ponerle flores. Por tradición o por comodidad -porque vive justo enfrente- son las mujeres de su familia las que se encargan de cuidar y vigilar que todo esté en orden en la pequeña ermita, y desde que falleció su madre hace 7 años, ahora es ella la que tiene esa labor. Loli tiene unos 55 años, el pelo corto y negro con algunas canas y cuando habla el acento canario le llena la boca. Es de Tinajo, un pueblo cercano, aunque lleva toda la vida viviendo aquí. “Tenéis que venir en la Romería, ahí sí que hay gente”, invita. Cuenta también que montan un ventorrillo en la puerta de su casa y preparan comida, música y llenan todo de flores.

Cuesta imaginarse el panorama que pinta Loli. Hoy la iglesia está prácticamente vacía. Una señora sentada en un banco y una ciclista que entra, se persigna, y al poco se va. En la calle hace frío y mucho viento. Hay aviso naranja y las palmeras que hay fuera se mueven violentamente.

La iglesia está abierta y aunque no hay ninguna celebración hay tres coches aparcados junto a ella, probablemente del grupo que está dentro del bar. La Romería de Nuestra Señora de los Volcanes tiene lugar alrededor del 8 de septiembre y es la mayor peregrinación de las islas canarias. Viene gente andando de todas las partes de la isla, dice Loli al despedirse. “Tenéis que venir -insiste- de verdad que no lo vais a reconocer.”