En París esta última semana se están tratando cuestiones fundamentales acerca del cambio climático. En la Cumbre del Clima se están debatiendo las acciones que se deben tomar por parte de los Estados o de la responsabilidad de las grandes empresas a la hora de producir. Ha habido marchas en muchos puntos del planeta pidiendo un cambio. Hemos visto y oído a políticos, actores, periodistas y científicos hablar de los desastres que puede ocasionar el -inevitable- calentamiento global.

Nos dicen que cambiar el modo de producir y bajar la temperatura del planeta uno grados es el gran reto…. pero realmente, ¿cómo nos afecta?

Es un hecho innegable que los polos se van derritiendo progresivamente a una velocidad que va en aumento, sobre todo desde los últimos 20 años. Hace unas semanas veíamos unas imágenes de unos osos polares desnutridos por no tener con qué alimentarse, o un montaje fotográfico que nos mostraba cómo se inundarían muchas de las grandes ciudades que hoy conocemos si no deteníamos este aumento de las temperaturas, pero hay mucho más.

Aunque aún hay voces que lo discuten, es cierto que el aumento o agravamiento de las crisis humanitarias en la última década tiene un factor medioambiental

La sequía que afecta a muchas regiones africanas obliga a comunidades enteras a desplazarse, cambia las costumbres de los animales que viven allí porque deben desplazarse a buscar agua y alimento, e impide que se puedan cultivar los campos, provocando una hambruna endémica. En cambio, en las zonas tropicales, el fenómeno del Niño, con lluvias torrenciales, huracanes y tifones se ceba con asiduidad en las poblaciones más vulnerables.

Otro ejemplo reciente se da en Brasil: Con el aumento de las temperaturas se crean las condiciones perfectas de reproducción para determinados animales, como el mosquito Aedes Aegypti, que transmite además del dengue o el chikungunya, el virus zika, que está relacionado con un aumento de nacimientos de bebés con microcefalia, y considerado por la OMS como una epidemia en algunas zonas del país. También hay islas y pueblos enteros en el Pacífico condenados a desaparecer tragados por el aumento del nivel del mar en los próximos años, aparte de que muchas zonas de las líneas de costa de todo el mundo se verán afectadas. Y en países como Mongolia, con un alto porcentaje de población nómada que vive del pastoreo, en los últimos años se han visto obligados a migrar a la capital, Ulan Bator, por las bajas temperaturas –que llegaron a – 50°C- que mataban de frío a sus animales, su medio de vida y fuente de alimentación.

Se estima que son unos 200 millones de personas las que ven afectada su vida por alteraciones climáticas. ¿Esto es suficiente para considerarlas demandantes de protección internacional?

Si nos atenemos a lo que dice el Convenio de Ginebra de 1951, una persona refugiada es aquella que “debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opinión política, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país”. Conforme datos de ACNUR, en el 2014 ya son casi 60 millones de personas las que se han visto forzadas a desplazarse por motivo de guerras y conflictos bélicos. Según Accem, entidad especializada en el trabajo con refugiados, refugiadas e inmigrantes, “actualmente proceden de Siria, país que ya acumula más de cuatro años de una guerra que ha expulsado fuera de sus fronteras a más de cuatro millones de personas. Pero también vienen escapando de conflictos tan enquistados como los que se viven en Afganistán, Iraq, Palestina, Somalia, Eritrea o Libia.”

Cuando se planteó el Convenio de Ginebra, en ningún momento se planteaba como opción el que una persona tuviera que salir de su país por motivos climáticos, por tanto, la definición no abarca este supuesto. El problema que se plantea, y aquí coinciden diferentes ONG’s es que sería necesario crear otra figura jurídica para este perfil de personas, porque en el sistema actual no encanjan, y no se les puede considerar propiamente “refugiados” como tal. Jane McAdam, profesora en la Universidad de New South Wales y consultora en el tema de refugiados y derechos humanos para UNHCR, se refirió en el año 2010 a esta realidad diciendo  que “aunque un clima adverso genera impactos como el aumento del nivel del mar y la salinización y el incremento de la frecuencia y gravedad de eventos climáticos extremos que son perjudiciales (por ejemplo, tormentas, ciclones, inundaciones), no cumple el umbral de la “persecución” como ésta se entiende actualmente en el derecho”. También hace referencia a que esa persecución debe ser por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opinión política, y ahí es donde los Tribunales se basan para no admitir ninguna reclamación por esa vía.

Por lo tanto el problema pasa no ya a definir el alcance jurídico de una definición, sino a plantear figuras jurídicas alternativas que sirvan para proteger a estas personas que actualmente se mueven en un limbo legal. Tampoco se planteaba el cambio climático como una realidad y hoy estamos debatiendo no ya su existencia, sino intentar encontrar formas de frenarlo.

En esta postura se han manifestado en los últimos meses diferentes líderes y personajes políticos, desde el Papa Francisco en la encíclica Laudatio Si, cuando habla de que “la humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo” hasta Obama en París hace unos días, asumiendo la responsabilidad de Estados Unidos en la situación actual y diciendo que “somos la última generación capaz de frenar el cambio climático”.

Uno de los retos evidentes a los que se enfrentan en la Cumbre de París es que los que más contaminan son los países más desarrollados, y los que en mayor medida sufren las consecuencias los que no lo están

Es un aspecto positivo el que haya tanto mandatario internacional participando en esta cumbre, de donde se espera alcanzar un acuerdo global y vinculante para todos. Aunque tal vez hasta que no veamos a estas personas venir a las puertas de Europa, no seamos conscientes de que es un problema que nos afecta sin distinción.