Agosto 2017. Las calles están vacías, alumbradas tenuamente por la luz amarilla de las farolas. La ciudad aún duerme, pero yo hace rato que me desvelé. Me pasa siempre que tengo que coger un tren, un avión, un barco… da igual la hora que sea, el miedo a perderlo por no llegar a tiempo hacen que mi cerebro se despierte y me esté mandando señales de alerta con varias horas de antelación.

Anoche me dejé la mochila preparada, ultimando algunas cosas de última hora que no tenía muy claras. ¿Echo la chaqueta roja o me llevo el cortavientos? ¿Y si llueve? ¿Me llevo las zapatillas marrones o las botas de montaña? Al cabo de un buen rato, aburrida de hacer y deshacer la mochila varias veces, opté por acostarme y consultarlo con la almohada. Junto a ella dejé la pequeña bolsa de mano donde llevo lo básico para entretenerme en el viaje, los documentos y cosas importantes, y una muda “por si acaso”. Es una pequeña bolsa de piel marrón, bastante usada y con algún roto por las esquinas, pero me encanta. Agarro ambas y las arrastro por el pasillo hasta dejarlas junto a la puerta de la calle. “Así no las olvido”, me repito mientras voy hacia la cocina.

Con el olor a café y pan tostado mi estómago reacciona. Yo soy de esas personas que pase lo que pase, tengo que desayunar. Aunque sea el día más importante de mi vida. Hoy tengo doble motivo para hacerlo. En unas horas sale mi vuelo y aunque voy con tiempo de sobra, los nervios de tenerlo todo preparado y no olvidarme nada me persiguen. Miro la hora: Aún me queda tiempo para otra tostada más. Mientras mastico voy repasando mentalmente la lista de cosas que tengo que hacer: Guardar la cámara en la bolsa marrón, crunch, acordarme de regar las plantas y cerrar el gas, crunch, mandarle un mensaje a mi madre, crunch… un último trago al café con leche y ¡lista!

Recojo las cosas y aprovecho para ir al baño, que en los próximos días no sé qué me voy a encontrar. Menos mal, porque me encuentro junto al lavabo la guía de viajes que compré hace unos meses.

Tengo el metro a dos manzanas de mi casa. Vuelvo a mirar el reloj y calculo mentalmente. Muy lento tiene que ir para no llegar a tiempo. En la calle se empiezan a oír los primeros ruidos. Gente que madruga para ir a trabajar, el vecino que sale temprano a pasear al perro.

Con la chaqueta puesta aunque afuera la temperatura es bastante agradable, empujo el equipaje dentro del ascensor. Regar las plantas, apagar el gas, mandar mensaje…voy repasando mentalmente lo que he hecho.

El ruido del portal al cerrarse me indica que no hay vuelta atrás. Con la mochila a la espalda y mi pequeña bolsa voy avanzando hacia la boca de metro. La ciudad se despereza y yo me encamino hacia el otro extremo del mundo.