Vivir cerca del mar es uno de esos lujos que no se valora hasta que se deja de tenerlo cerca. Después de semanas en Madrid, donde el mar sólo se imagina por las fotografías del último viaje, poder escaparse a ver el azul del agua, a notar el olor de salitre y si se tiene suerte, a disfrutar de unos rayos de sol es uno de los mayores placeres de la vida.

Málaga es una ciudad para visitar en cualquier momento del año, más allá de los sofocantes días de verano o de su conocida Semana Santa.

Patear el centro de la ciudad, la Alcazaba, el Teatro Romano o la Aduana. Parar a tomarse un vinito, una caña, picar algo. Subir a Gibralfaro, ver las vistas de la bahía y la ciudad, con las casas mezclándose con el verde de la montaña. Acercarse a Pedregalejo a comer unos espetos en alguno de los chiringuitos al lado de la playa, donde te salpican las olas. Volver andando por el paseo de palmeras o la playa. Caminar por el Paseo de La Farola y ver la noria iluminarse. Salir de tapas con amigos o conocer rincones de la ciudad. Descubrir una librería donde me quedaría a vivir. Málaga tiene el Museo Picasso, el Museo Carmen Thyssen… centenares de iglesias, la catedral, monumentos en cada calle, en cada plaza. Sentarse a tomar el sol en la Plaza de la Merced, subir a las azoteas y ver las vistas de la ciudad con las palomas.

Muchos jubilados europeos se vienen a esta zona del sur de Andalucía a disfrutar de una vejez tranquila y soleada. No es difícil adivinar el porqué. Estos son algunos dibujos de unos días visitando una ciudad que tiene mucho que ofrecer, más allá de sus playas (aquí puedes ver más dibujos de mis cuadernos de viaje)