“Puedo parecer una persona muy frágil, pero esa es la apariencia. Yo no tengo miedo.”

Proyecto de gastronomía social-© Comunidade Pequenos ProfetasEl momento de la comida en la CPP- © R.PeriagoTejado ecoproductivo-© R.PeriagoTejado ecoproductivo- © R.PeriagoDemetrius Demetrio- © R.Periago

Tiene la cara recompuesta con cirugía plástica, pero la sonrisa no se le borra del rostro. Demetrius Demetrio tiene casi 50 años  y lleva los últimos 30 coordinando la Comunidade dos Pequenos Profetas en Recife (Brasil).  Su historia es muy peculiar, porque aunque nació en una familia que disponía de recursos, tuvo la curiosidad e inquietud por saber cómo se sentían las personas que no tenían un lugar donde vivir, y eso le llevó a desprenderse de todo y voluntariamente irse a vivir por un tiempo con ellos a las calles de Recife. “Quería conocer cómo vivía allí la gente. Fui buscando entender la libertad que la calle ofrece”, se puede leer en el libro en que narra su experiencia y aprendizaje de vida en las calles de la ciudad nordestina.

Estamos hablando de los años ochenta, cuando la dictadura militar aún dirigía el país, en una región como el nordeste brasileño, históricamente pobre y azotada por graves sequías. Recife era –y sigue siéndolo hoy en día– una de las ciudades más peligrosas y violentas del mundo.

El joven Demetrius quiso conocer la calle, su dureza y sus habitantes. Convivió y compartió comida y cobijo con mendigos, prostitutas, drogadictos y travestis, pero los que realmente lo marcaron fueron los niños.

Esos niños eran los meninos da rua brasileños, muchos perseguidos por la policía, odiados por los comerciantes y familias acomodadas, y carne de cañón para las drogas, el tráfico de personas y la prostitución. Muchos de ellos enganchados al pegamento y otras sustancias adictivas, delincuentes porque no conocían otra forma de vida, eran víctimas de los grupos de exterminio, que con impunidad los asesinaban. Fue en esa época cuando conoció al entonces Obispo y candidato al Premio Nobel de la Paz D. Hélder Câmara, que fue el que le dio la idea del nombre de la comunidad. Demetrius no tiene talento de sacerdote, como él mismo confiesa entre risas, pero es innegable el valor que esa relación supuso para la creación del proyecto.

Convivir con esta realidad e involucrarse en ella fue lo que le hizo reaccionar, ya que sufrió repetidas palizas por parte de la policía, famosa por la utilización que hace de la violencia en el país sudamericano. Recuerdo de ello le queda un rostro marcado, y algunos problemas en el maxilar y los pómulos, reconstruidos mediante cirugía.

Cuando habla, su voz es pausada pero firme: “Puedo parecer una persona muy frágil, pero esa es la apariencia. Yo no tengo miedo. Si yo no creo en el proyecto, ¿cómo voy a hacer que los que estén a mí alrededor se lo crean?”

Emprendedor nato, pero siempre con inquietudes sociales, cuando tiene una idea en mente se encierra para desarrollarla y puede ser muy convincente. “Cuando yo te la explico, no es un proyecto para mí, es un proyecto que beneficia a muchas personas”, insiste a lo largo de la entrevista. Demetrius ha compartido su experiencia de vida en charlas y conferencias por todo el mundo, buscando financiadores y colaboradores para el proyecto, a la vez que muestra el trabajo que están desarrollando.

La Comunidade dos Pequenos Profetas (CPP) ha recibido premios y reconocimientos internacionales de prestigio, pero no por ello cambia su actitud a la hora de compartirlo ni su empeño en hacerlo viable. Fruto de ese trabajo, a finales de 2016 inauguraron el primer Tejado Ecoproductivo de Latinoamerica, 400 m2 de proyecto social que aúna cocina y ecología y que involucra a los jóvenes y sus familias.

Otra idea que repite con frecuencia es el poco valor que le da a los bienes materiales y la importancia de rodearse de un buen equipo. Tiene claro que una cosa es el proyecto y otra su persona, y que cuando él no esté, el proyecto tiene que seguir adelante. Al contrario que muchos otros en su lugar, intenta evitar ser el centro de atención, y se le puede encontrar trabajando en la búsqueda de recursos, escribiendo un proyecto, fregando los baños o preparando la comida. “Podría venir y dar órdenes y decir esto se hace así y así, pero nada de eso ocurre, nada de eso te pueden decir de mi”, insiste orgulloso.

Educador y fundador del proyecto, hace siete años volvió a estudiar, pero esta vez gastronomía. Percibía el potencial como herramienta social que tenía este campo, y a día de hoy es una de sus mayores pasiones.

Aplica la técnica aprendida a su trabajo. Su motivación, como él cuenta, tiene una parte espiritual, de creer en lo que hace y siempre poniendo toda su energía en ello. “Yo no vengo de familia rica, pero nunca pasé hambre. Creo que el hambre es una cosa que me duele mucho, saber que una persona pasa hambre me toca dentro (…) Soy sólo una gota dentro del océano, pero esta es mi pequeña contribución para mejorar el mundo. Esos valores que la gente se cree para un mundo mejor…todo eso es utopía. Ahora bien, si yo tengo conciencia y sé que soy un formador de opinión, que mi palabra tiene un peso si doy una entrevista… entonces aprovecho esa oportunidad dentro de mi sueño de contribuir a un mundo mejor”.

En un país con grandes desigualdades como Brasil, con gran inestabilidad política y con una economía en recesión en los últimos años, y donde muchos menores se ven abocados a las calles le toca pelear cada recurso disponible para continuar haciendo viable el proyecto. Tiene clara su opinión política, no vinculada a ningún partido pero con una línea de defensa de los Derechos Humanos muy marcada, cosa que le granjeó diferentes problemas. Por muchos años estuvo protegiendo a personas amenazadas de muerte por los grupos de exterminio, y muestra un rechazo absoluto hacia el Escuadrón de la Muerte, aún existente en diferentes zonas del país.

Siempre con una actitud jovial y alegre, es capaz de huir de la negatividad y de trasformar la tristeza en energía para seguir hacia adelante. Haciendo balance, tiene claro cuáles han sido los mejores momentos a lo largo de estos 30 años que está al frente del proyecto.

“Cada vez que hemos salvado a una persona. Cuando te vuelves a cruzar con ella y son padres o madres que consiguieron cambiar la trayectoria de sus vidas…eso da motivación”.