Balat. El barrio judío/ortodoxo de Estambul

Una ciudad, dos continentes, tres nombres y cientos de gatos y perros. Estambul es una urbe de 10 millones de habitantes donde cada barrio muestra una cara de la múltiple diversidad que llena sus calles.

La zona turística de Sultanhamed, la parte más conservadora y musulmana de las mezquitas de Eyup, donde la mayoría de mujeres visten el chador o el jiyab negro, el céntrico Beyoglu, al que muchos consideran el barrio “bohemio y de moda”, la zona comercial y completamente occidental de Besitkas, las parejas de recién casados que los domingos se hacen el reportaje de fotos en el paseo de Uskudar, los pescadores del puente del Gálata, los chavales sin hogar ni recursos que pasan el día malviviendo en los pasadizos de Eminonu….la ciudad está llena de aristas y realidades, que se cuelan por las grietas de miles de años que tienen las piedras y monumentos de la ciudad. Una zona que refleja esa dualidad son los barrios de Balat y Fener. Situados en pleno Cuerno del Oro, Balat es el barrio griego ortodoxo de Estambul, una de las zonas más antiguas de la ciudad, que todavía mantiene parte de sus murallas. Está prevista la construcción de una línea de metro por esa zona, que junto con todas las obras que se están realizando en el paseo marítimo hará que se revalorice y probablemente pase a ser una zona muy cotizada en la ciudad.

Tal vez la gentrificación llegue aquí. Pero eso es el futuro.

Mientras llega, aquí se mezclan el ayer y el hoy, conviviendo antiguos edificios judíos, armenios, griegos -algunos impresionantes como el Colegio Judío Ortodoxo Phanar- con las casas de los vecinos: heterodoxas, normales, unas humildes, otras muchas en ruinas o directamente solares vacíos. Alguna mezquita se cuela en el paisaje con sus minaretes puntiagudos. Me cruzo en las calles más altas con señoras cubiertas completamente, que parecen pinceladas negras conforme se van alejando.

Tres niñas juegan en los escalones del portal: han extendido una pequeña y desgastada alfombra y allí juegan con sus muñecas y una pequeña caja registradora de plástico rosa.

No hay nadie que las vigile, pero no parecen muy interesadas en salir de los límites que les marca la acera y el portal. Ellas están absortas en sus juegos y ajenas al resto de la calle. Este es su día a día.

Nada que ver con la parte más cercana al río, donde los vecinos han apostado por llenar de color al barrio: pequeños cafés y restaurantes con comidas bosnias, griegas, turcas, tiendas vintage o de ropa de segunda mano, barberías, fruterías e incluso varias inmobiliarias comparten sus calles con gente haciéndose fotos para las redes sociales en las escaleras de colores de un concurrido café. En esta zona se llenan las terrazas con jóvenes de varias universidades cercanas, mientras un grupo de turistas con un broche del omnipresente Ataturk pasean siguiendo las indicaciones del guía. Sentado en un café, un hombre mayor  juguetea en la mano con su tasbih o “rosario” musulmán.

En las calles de Balat incluso ruedan escenas de alguna película o serie turca, cortando el tráfico a los coches para colocar unos enormes focos de luz.

– “Es una serie”, me dice una chica que se ha acercado a mirar, curiosa. Me dice el título, pero no llego a entenderlo. Por la naturalidad de la gente ante el despliegue que han montado parece que están acostumbrados, o por lo menos, no les resulta extraño.

En apenas una calle de diferencia conviven dos realidades diversas y complejas: una de rutina diaria, de señoras que hacen la compra, de obreros encaramados a un andamio encalando una pared y coches en dirección contraria por cuestas empedradas. La otra realidad es de limonadas y café latte, de fotos para Instagram y de cosas bonitas de decoración.

Rompe la tarde el sonido del muecín en una mezquita cercana. Hoy es viernes, y aunque este es el barrio judío-ortodoxo, hay varias mezquitas en esta parte del Cuerno de Oro. Uno de los cambios que instauró Ataturk al proclamar la República de Turquía en 1923, fue que la llamada a la oración pasara del árabe al turco.

Suena como una saeta o un quejío flamenco. Un signo más de la mezcla de culturas que conviven en uno de los barrios más antiguos de Estambul.